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Así no, desgraciados (sobre la pena y penas de la piratería en España)

Lo confieso: he sido malo. Durante este último año he sido uno de esos autores que ha luchado a capa y espada -y no como hacen otros mediante capotillo y puñal– para preservar el trabajo artístico, intelectual y científico en un país en el que la vida de sus habitantes se debate entre el fútbol, el rosismo y el amarillismo. Soy tan condenadamente malo que a partir de ahora haré todo lo posible para que mis próximas obras no se distribuyan en España a no ser que yo las quiera regalar -cosa que ya he hecho más de una y dos veces como algunos saben-. Es más, soy tan jodidamente malo que las próximas, las que no regale, las voy a publicar directamente en inglés y así se lo he hecho saber a mi editor. Y así será porque seguiré criticando con sincera convicción el hecho, injusto a mi parecer, de que alguien se lucre mediante el trabajo ajeno sin recibir válido consentimiento o sin invertir en su proceso de creación. He perdido muchísimo tiempo enzarzándome en todo tipo de discusiones esperpénticas, con gente que ni siquiera sabe mostrar la mínima coherencia lógica, sobre cómo debería funcionar el sistema para que sea sostenible y productivo. Así he perdido muchas horas, hasta que un día cualquiera me percaté de que la mayoría que debate sobre estos temas no tiene la menor idea acerca de lo que está hablando -algo cada vez más común en estos tiempos-, sino que son simples discutidores cuyos argumentos están totalmente condicionados por el hecho de ser perfectamente conscientes de que todo lo que sea contrariar a quienes participan en las creaciones/producciones significará una rebaja en su único profeta: el precio de las cosas.

Pero eso no es lo peor. Lo peor se da cuando determinados “nuevos” gurús de Internet azuzan a otros desde su posición de “analistas” e inversores -mucho más que “analistas”-  para que éstos acaben señalando como culpables a quienes no tienen culpa. Eso me llevó a comprender que la mayoría desconoce cómo funciona parte del negocio pirata de Internet, ni quiénes son los dueños de esas webs. La gran mayoría de estos discutidores no sabe que hay portales que están generando más de 25.000 euros al mes con obras en las que se incluyen autores independientes que no reciben la vigésima parte de esa cifra en años (eso las españolas, las mundiales, como era el caso de Megaupload, muchísimo más). Tampoco saben que muchos de esos propietarios de webs son viejos conocidos del Internet español -pregunte usted por ciertos foros-, “emprendedores” que a finales de los 90′ comenzaron con aquellos oscuros temas de los diales mediante pop-ups y que ahora se han transformado en el descarado “pon aquí tu número de teléfono” que uno se encuentra como un luminoso cartel de motel de carretera, y bajo el cual se esconde un modelo de sms de pago no consentidos que más tarde algún despistado descubrirá amargamente en sus facturas. Porque el actual “modelo de negocio” de todos estos personajes, por si no lo sabían, sigue siendo el mismo de cuando comenzaron con los diales: engañar al usuario. Es por eso que cuando usted cree estar descargando una película, un libro, una canción o lo que sea, en realidad no es tal cosa, sino que está puesto ahí, justo en esa parte estratégicamente estudiada de la pantalla, para hacerle creer que ese botón le llevará a su ansiada dosis de información. Pero no, la finalidad del mismo no es repartir alegremente la cultura entre los más pobres (argumento cínico e hipócrita repetido hasta la saciedad por esta chusma y esos gurús de tres al cuarto), ni que libertad de expresión esté por encima de cualquier otra cosa. No, la única finalidad es usar a alguien como usted para que ese botón sea “clickeado”, lo cual genera un dinero. En diversos foros de Internet incluso hay debates sobre dónde poner esos botones y cuál sería la forma idónea para llevar a error para que, como vulgarmente suele decirse, “caiga más gente”. Supongo que esa es la concepción que parte de la sociedad española tiene por “economía”. Pero no, la economía es otra cosa.

Podría explicar a fondo este “modelo de negocio” -en realidad un mero engaño de trilero digital encubierto con el típico palabrerío empresarial- mucho más allá, pero la verdad es que no es la finalidad de este artículo. Porque curiosamente es todo el contrario:  es analizar la aprobación del Consejo de Ministros de España acerca de posibles sanciones con hasta 6 años de cárcel para administradores de páginas webs con enlaces. Y yo me pregunto… ¿Ustedes se han dado cuenta, señores Ministros -a la par que perfectos inútiles-, de que están igualando el supuesto de hecho de administrar una web de enlaces a delitos que son muchísimo peores desde un punto de vista totalmente objetivo? ¿Ustedes entienden el rechazo social que puede causar algo así? Hasta un niño tendría más intuición jurídica que ustedes. Que sí, que ya sabemos distinguir entre penas abstractas y concretas, pero es altamente bochornoso que alguien pueda regular sanciones penales pudiendo echar mano de mejores soluciones -por no hablar de lo que según los juristas debería ser el “principio de proporcionalidad”-. Y me sigo preguntando… ¿De dónde sale el atontao que propone por primera vez meter en la cárcel a un administrador de enlaces, cosa que obviamente puede hacer desde cualquier parte del planeta sin que llegue su jurisdicción? Me encantaría saber nombres y apellidos de un genio así. ¿Es que además ese imbécil cree que las cárceles son infinitas en España? ¿De verdad ustedes se hacen llamar reguladores? Ustedes, permítanme que se lo explique, son una pandilla de cantamañanas la mayor parte de los cuales no tiene la menor idea de lo que hace, ni lo ha sabido nunca -y no es un tópico-, como ya viene quedando patente en el universo político español. Existen variadas soluciones para acabar con la piratería en Internet mejores que tener que meter a la gente en la cárcel por delante de otros que ya deberían estar… Lo que piden los autores no es que estos “señores” piratas tengan que compartir celda con violadores, asesinos a sueldo, malversadores o grandes defraudadores -los de millones de euros-, sino que dejen de lucrarse a costa de lo que no ganan otros sin haber participado en el proceso. Y para eso hay formas mucho más sencillas de evitarlo. Y por encima de todo, más efectivas y menos desproporcionadas. Aunque imagino que pedir a alguien que intente evitar lo que él mismo hace es ya de por sí una bonita tautología que acaba siendo una pescadilla que se muerde la cola.

Con todos mis respetos: si Beccaria levantara la cabeza les daría un par de hostias a cada uno. Y bien merecidas que estarían. Y posiblemente Pitágoras les diera un par más.

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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