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Carta abierta a la perfumada y bienoliente Pilar Cernuda

 

 

Querida Pilar Cernuda -y semejantes-,

ayer me acordé de ti en la ducha. No me vayas a malentender. Me refiero a que mientras frotaba concienzuda y católicamente mi cuerpo -no te diré qué parte- con la esponja de un pack 3×2 en promoción, recordé tus palabras sobre pintas y olores en el Congreso. Al tiempo que el jabón resbalaba perfumadamente por no te diré dónde, llegué a la conclusión de que tú debes de tener el órgano olfativo más desarrollado que otros -que otros órganos quiero decir- y de ahí que le otorgues la trascendencia que los que son como tú soléis darle a los olores ajenos. Y es que, por alguna razón que sólo Dios puede entender, esa casta de santos devotos escogidos por el dedo divino a la que perteneces desde casi los 67 años que rondas, tenéis el órgano olfativo más desarrollado que el resto de mortales. Tanto es así que se podría decir lisa, llana y perfumadamente que tenéis el cerebro en la nariz. Yo no llego a tus perfumados 67, Pilar, pero te puedo asegurar que a lo largo de mi vida sólo he distinguido esa preocupación por el olor y la estética ajena en los santos devotos escogidos por el dedo divino, y alineados -no vayas a leer alienados-.

Te contaré una historia, querida Pilar. Sé que no te va a interesar, porque tu órgano olfativo tiene sus límites, pero probaré: a mediados de los años setenta, un jovenzuelo greñudo que no llegaba a la veintena pisó por primera vez una compañía mundialmente famosa. Ese jovenzuelo pululaba por los pasillos y oficinas con zapatillas y camisetas indecorosas ¡A veces incluso llevaba chanclas, Pilar! ¿Te imaginas? No, no lo creo. He ahí que, como tú en el Congreso, no tardaron en aparecer personas de órgano olfativo desarrollado que, al igual que tú, se quejaron del olor corporal que desprendía el greñudo extravagante, el cual, por si fuera poco, no llevaba jamás una corbata o cualquier ropaje que tú puedas asimilar como decente. Por alguna razón, para ti probablemente indescifrable, a aquel jovenzuelo “desaseado” no le gustaba tanto la ducha como a ti. Probablemente prefiriera invertir su tiempo en descubrir, experimentar, entender y crear que en disimular carencias mediante jabones, perfumes o ropajes. Por alguna razón el greñas de la historia no duró mucho tiempo por allí. El caso es que, y aquí viene lo interesante, querida Pilar, no muchos años después aquel joven acabó por convertirse en uno de los treintañeros con más éxito del planeta en los ochenta. Aunque eso no es lo importante de esta historia. Lo realmente capital es que aquello no le cambió mucho. Entrada la cuarentena se le podía seguir viendo en presentaciones públicas con sus zapatillas y vaqueros desgastados al tiempo que seguía cambiando el mundo cuando podría haberse jubilado a los treinta. Más tarde le dio por llevar siempre un suéter de cuello alto cuyo diseño le gustaba tanto que compró decenas iguales de tal forma que parecía que siempre fuera con la misma ropa. Cierto es que ya no tenía greñas, pero más por calvicie natural que por otra cosa. Dicen que hasta hacía cola en el comedor de su propia compañía. ¿Te puedes creer?

Querida Pilar, tanto tú como yo nos duchamos. Quizás tú más que yo, aunque parece ser que no por ello te desprendes del aroma a ranciedad. En ese sentido no somos tan diferentes realmente. La diferencia reside en que, de haberse dado el caso de tener que haber gestionado tú y yo la compañía mundialmente famosa a la que hacía referencia -Atari-, entre un imbécil conocido vestido de seda y un desconocido “maloliente”, tú habrías contratado al imbécil conocido vestido de seda y yo a Steve Jobs.

Por eso, básicamente, está España como está. Y lo que le queda.

 

Steve Jobs

Gracias @Carmisva por la foto de Steve.

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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