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Esas cosas de la democracia

Basado en una historia real.

Transcurría mediados de los 70′ en España cuando el fallecimiento del general Franco abrió las verticales puertas de la dictadura dejando pasar una arrolladora y fresca corriente de horizontalidad. Esto de la horizontalidad fue un concepto importante en aquella época ya que, a diferencia de la verticalidad jerárquica de la dictadura, la democracia trajo consigo una tabula rasa basada en la idea hasta entonces utópica de lo horizontal: es decir, algo así como que todos tenemos los pies puestos sobre una línea que también para todos está a una misma altura; al menos políticamente hablando. Sea como fuere, en aquella época de frescura democrática comenzaban a abrirse paso conceptos como “representación”, “delegación” o similares hasta los que entonces los mortales españoles sólo habían visto en literatura generalmente censurada o burocracia generalmente ficticia.

Uno de tantos días de aquella época, en un colegio de tantos de España, una maestra de último curso de primaria sorprendió a todos sus imberbes alumnos aplicando en clase la recién llegada democracia:

-Como todos sabéis, la democracia se acaba de instaurar en España, así que estos días elegiremos a un delegado mediante una votación.

-¿Qué es es la democracia, maestra? -inquirió con curiosidad uno de los alumnos ante aquel nuevo concepto.

-Pues… es algo que se hace para que todos puedan participar en el desarrollo de un conjunto -explicó la maestra lo mejor que pudo-. Para que todos puedan tener voz y voto.

-¿Qué es un voto, maestra? -preguntó otro avispado de aquellos adolescentes.

-Pues… es algo que se usa para elegir a alguien como representante. En vuestro caso para elegir a un delegado del colegio -acertó a decir la joven profesora.

-¿Qué es un delegado, maestra? -interrogó otro alumno.

-Pues… es como los políticos pero en pequeñito… Sirve para representar a los demás… Como todos no podréis sentaros en el Consejo de Estudiantes, tendréis que elegir a alguien que hable y haga por vosotros

Lo que jamás sabría la maestra es que aquella última frase despertó aquella mañana la curiosidad de dos de aquellos adolescentes: Uno y Dos.

Uno era el típico crío de pocas palabras que parece estar mirando la Luna a todas horas. Le caracterizaba una empatía fuera de lo común para su edad y desde muy temprano había leído libros que no correspondían con los años que tenía. Con sus todavía finos dedos había deslizado páginas que hablaban sobre los derechos de las personas, las sociedades y su historia.  Tenía un conocimiento sobre la realidad que ninguno de los que le rodeaban tenía, sin embargo su delicada personalidad hacía que cualquier cosa le impresionara y todos acabaran riéndose de él.

Dos era el típico crío avispado al que le encanta ser el centro de atención. De personalidad encantadora y expresión risueña, sabía moverse por la realidad como pez por el agua y tenía una curiosa capacidad innata para poner en el oído de otro la palabra justa que éste quería escuchar.  No era lo que se dice aplicado, pero sí tenía cierta habilidad para interactuar con lo demás y conseguir todo lo que se proponía. Nada o muy pocas cosas le impresionaban. Más bien era él quien se dedicaba a impresionar a los demás.

Sea como fuere, los dos muchachos decidieron presentarse a la elección de delegado aquella mañana de un día cualquiera en un colegio cualquiera. Al resto de la clase le sorprendió mucho que Uno hubiera presentado su candidatura, ya que no era el típico chaval que pudiera presumir de tener muchos amigos. Pero como la maestra -y por supuesto la democracia- decían convincentemente: todo el mundo podía presentarse libremente para ser el futuro representante de los demás. Fue entonces cuando Tres, otro chaval bastante despierto de aquella clase, llegó a la acertada conclusión, mientras comía un bocadillo de chorizo en el patio, que el hecho de que Uno tuviera más amigos que Dos podría influenciar de forma determinante sobre el resultado de aquello que los adultos llamaban votación. Porque al final, por mucho que la profesora hablara de votos, representación, delegados y otros rollos democráticos Dos acabaría ganando las elecciones simplemente por tener más amigos. Al menos así lo decían los cálculos matemáticos que hizo mientras le daba vueltas a eso que fuera la democracia y de lo que todo el mundo hablaba de repente. Y al subir del recreo, ni corto ni perezoso así se lo hizo saber a la joven maestra, la cual le dio rápidamente la razón para el bien de lo que fuera la teoría democrática, que en España nunca tuvo lo que se dice grandes autores:

-Entonces tendréis que presentar la candidatura en otra clase, ya que allí no os conocen.

Aquella sentencia de la maestra contrarió en gran medida a Dos, pues incluso antes de que Tres entendiera que hay cosas que pueden influenciar y determinar lo que sea eso que llaman democracia, él ya se había dado cuenta antes que nadie y había contado con ello para su candidatura. En realidad, no se necesitaba mucho más que saber sumar: cuántos más amigos, más votos. Y en eso precisamente iba a basarse el programa electoral de Dos, de no ser porque Tres pensó que aquello no podía ser políticamente justo y la profesora decidió que la elección se realizaría al día siguiente a través de votantes neutrales. Antes de la misma cada uno de los dos candidatos deberían explicar las razones de su candidatura y lo que harían por el resto de la clase en caso de salir elegidos como representantes. Vamos, lo que los adultos llamaban programa electoral en la democracia de verdad.

Como era de esperar, al pobre de Uno aquello del discurso público le impresionó sobremanera. Tenía un machacante sentido del ridículo que le hacía juzgarse constantemente  ante su propia conciencia, la cual le repetía una y otra vez que no estaba lo suficientemente preparado para un cargo como aquel al que aspiraba.  Sin embargo, aquello le generaba una vergüenza interior que le incitaba a esforzarse, pues no quería que su desconocimiento de las cosas pudiera afectar a los demás. Para él aquella posibilidad sería el mayor de los ridículos.

Así pues, durante la siguiente semana Uno se informó acerca del funcionamiento de aquello que la gente llamaba democracia. Pasó horas y horas sentado en la biblioteca delante de todo tipo de libros. Descubrió que en realidad aquello de la democracia no era algo nuevo, sino que hacía muchos siglos algunos ya habían dedicado parte de sus vidas a reflexionar acerca de lo mismo en lugares dónde se vestía únicamente con un trozo de tela y unas sandalias. Descubrió una cosa llamada sufragio universal por la cuál en varios países toda persona podía votar en la formación de un Estado independientemente de su raza, sexo, posición social o cosmovisión. Descubrió los derechos fundamentales de las personas, aquellos mismos que las hacían más dignas y las convertía en humanas. Descubrió también una cosa llamada sufragismo, que al parecer consistía en un grupo de señoras muy enfadadas porque los hombres no querían tomar en cuenta sus decisiones. Se preguntó entonces por qué los hombres no querrían tomar en cuenta las decisiones de las mujeres si ellas también participaban de aquello que fuera el Estado, pero no llegó a comprenderlo así que uno de esos días le preguntó a su padre:

-Así es la vida, hijo -le espetó el adulto. Y aunque Uno sabía que su padre debía tener razón porque para eso era un padre, no se resignó ante aquella respuesta y decidió seguir yendo todas las tardes a la biblioteca antes de tener que exponer al resto de compañeros por qué debía ser él y no otro quien condujera la nave del futuro.

El tiempo pasó inexorable y con él llegó el día de los discursos. La maestra eligió por sorteo quién comenzaría primero y el azar escogió a Uno, quien desdobló tímidamente sus apuntes ante la indiferente mirada de su público. Por alguna razón que el pequeño candidato no logró entender, los futuros votantes democráticos parecían estar más pendientes de que el reloj diera la hora del recreo que de lo que tuviera que contar él acerca de sus descubrimientos sobre aquello que los adultos llamaban democracia y a lo que le daban tanta importancia. Aún así, no le quedó más remedio que envalentonarse y comenzar su exposición. Habló, por ejemplo, sobre por qué los alumnos deberían poder tener derecho a segundas correcciones en los exámenes; o de por qué deberían tener derecho a que fuera otro maestro, y no el mismo del examen, quien hiciera esas segundas correcciones. Habló de cómo deberían ser las tutorías para que tanto maestros como alumnos pudieran encontrar vías de comunicación eficaces y eficientes para resolver problemas tanto académicos como personales. Habló de los derechos de los alumnos a poder preguntar y rebatir libremente al maestro en turnos especificados para ello. De cómo así resolverían mejor todas sus dudas. De cómo aprenderían más rápido. De cómo así los colegios funcionarían mejor.

Cuando terminó su discursó levanto su mirada del papel en un gesto curioso por saber qué les habría parecido a los demás las nuevas posibilidades que la democracia traía consigo, pero la mayoría seguía estando más pendiente de que el reloj marcara la hora del patio que de lo que hubiera dicho. Entonces la maestra aplicó democráticamente el turno de Dos, que dio un paso adelante, desdobló sus apuntes y se limitó a decir:

-A diferencia de Uno, yo no os voy a quitar tiempo del recreo, que es lo más importante que tenemos en el colegio, así que tan sólo os diré que si yo fuera el ganador haría todo lo que Uno ha propuesto y además… -Dos llevó su índice hacia la ventana invitando a que su aniñado público siguiera su dedo-… ¿Veis el campo de fútbol de alquitrán en el que siempre que nos caemos nos raspamos las rodillas? ¡Pues si yo gano haré que el director lo cambie a uno de césped!

El reloj marcó la hora del recreo y Dos ganó las elecciones de aquel colegio cualquiera por mayoría absoluta.

Casi cuarenta años después de aquello, el campo de alquitrán todavía sigue raspando las rodillas.

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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