Home » Derecho » La economía de los estúpidos

La economía de los estúpidos

La Economía -con mayúscula- se diferencia de la economía -en minúsculas- en base a que la primera es la ciencia -sí, ciencia- que estudia la segunda -actividad económica-. No hace falta ser un economista reputado para percatarse de que la Economía -como materia científica- aparece a raíz de la otra -la economía del día a día-. Esta diferencia es importante ya que, en determinadas ocasiones, parece que no llegamos a entender que para que exista una economía justa, real y sostenible necesitamos que alguien se dedique a estudiar y/o investigar sus procesos, mecanismos, causalidades -también casualidades, por qué no- y resultados con los cuales poder elaborar conclusiones que sean lo más aproximado a hipótesis válidas, que es lo que debería manejar cualquier sistema que aspire a ser un sistema y no, básicamente, a ser una puta mierda -por dejarnos de tecnicismos-. Por alguna razón, cuando uno echa una mirada atrás sobre la Historia, puede comprobar sin mucho estudio que a los simpatizantes de las derechas ideológicas les preocupó siempre lo económico. También, por alguna razón, puede deducirse que a la izquierda ideológica siempre le preocupó lo sociológico. Las derechas históricas fueron más de “para mí lo mío, y para ti lo tuyo” -cosa muy lícita- y las izquierdas más de “para ti y para mí lo nuestro” -cosa también muy lícita, a la par que romántica-. Sin embargo, la Historia también demuestra que en realidad, y a excepción de muy pocos lugares, al final las dos tendieron a algo así como “para mí lo tuyo, lo mío y lo nuestro”. Y es que, por alguna razón, al final, el concepto de propiedad es la piedra filosofal de todo ese entramado científico llamado Economía sobre el que tanto se ha escrito. En ese sentido, lo mismo pasa en España, Alemania, China o Kazajistán.

No quisiera enrollarme, tan sólo comentar que llegó un punto en la Historia en la que unos tipos tuvieron que sentarse a estudiar cómo funcionaban las cosas para saber cuáles eran los mejores métodos. Fue de ahí  de dónde surgió lo que hoy se llama “Economía” -con mayúscula, como materia científica-. Sucede, sin embargo, que existen países cuyos economistas, en vez de ser avispados ojos críticos e ingeniosos expertos de la previsión, simplemente se limitan a asentir la primera imbecilidad que el gobernante de turno -o peor aún, su votante- quiere escuchar (porque la ciencia, seamos francos, le importa un pimiento a la generalidad de los mortales y además no les da de comer). Y es en esa imbecilidad taciturna dónde reside el problema fundamental, en ese silencio cómplice entre imbéciles dónde comienza toda la debacle. Lo explicó muy bien el otro día el Premio Nobel, Paul Krugman, en un artículo titulado El triunfo de lo irreflexivo. También lo explicó muy bien Moisés Naim España es el ejemplo perfecto de países a los que se refieren esos dos artículos, como no podía ser de otra forma. Es un país con un más que evidente problema causal y es que, dentro de su derecha ideológica, se aloja lo que podríamos denominar un quiste cavernario o palurdo cuyos miembros, por alguna razón, piensan algo así como “la economía soy yo”, en la versión más absolutista de aquel famoso “el Estado soy yo” de Luis XIV. Porque, por alguna razón, este segmento cree haber sido elegido para llevar los designios de la economía mundial. Sin embargo, sospecho que, más que lo anterior, es la causa del inculcar continuamente unos valores de superioridad la que alejan de cualquier juicio racional u objetivamente cualificado a los condicionados que la sostienen. Tal es así que su criterio se ve deformado por toda una serie de dogmas en los que su subjetividad acaba moldeada como un muñeco de barro en base a elementos tan sorprendentes como la mera estética personal o el patrimonio material. Todo esto daría para un libro que no voy a escribir aquí, pero que desde luego hasta un ciego podría ver -porque la Economía no se tiene que pensar con los ojos- que ha influido en el rumbo de la economía española de los últimos años -también en la mundial, para ser justos, ya que obviamente España no es un caso asilado-. Porque otro problema fundamental es que esa derecha española cavernaria, palurda, ensimismada e ignorante que cree estar por encima del resto de los mortales ha sido la que ha ido generando silenciosamente la estructura económica del país de modo tal que mientras en las Facultades de Derecho o Economía catedráticos puestos a dedo explicaban que los contratos administrativos se otorgaban en base a unos pliegos y normas determinadas, la realidad, en muchos lugares, era bien distinta. Porque la realidad en España es que no ha habido nunca competencia en los mercados más allá de lo que algunos voceros querían hacer creer mientras ellos llenaban sus bolsillos con dinero público y otro tipo de delitos. La única realidad es que las empresas de amiguetes florecieron masivamente en lo privado y en lo público a base de redes clientelares y amiguismos. La única realidad es que se hicieron y deshicieron contratos en bases a cuestiones por las que Adam Smith, David Hume o el recientemente fallecido John Nash se hubieran tirado de los pelos (siendo, posiblemente, hombres de derechas; pero si acaso de esa humilde y trabajadora, que también existe como es obvio).  La realidad es que en todo tipo de instituciones españolas hay funcionarios colocados por oposiciones sutilmente manipuladas, desde lo más alto hasta lo más bajo. La realidad es que, quizás más veces de las que pensamos, no se ha escogido a los mejores, o más honestos, sino a los más cercanos y sumisos.  La realidad es que el criterio medio español es igual a un gigantesco número de tontos dividido por los cuatro listos. La realidad es que el sistema capitalista podría funcionar, pero no lo hace debido a ese sector de estúpidos integrales que son quienes más fanáticamente aseguran defenderlo. La realidad es que la alternativa, la izquierda española, piensa que todo va a ser gratis y va a bajar del cielo “porque yo lo valgo”. De ahí que la Economía española -en maýuscula- dé la misma típica risa tonta contagiosa que la economía del país -en minúscula-. Porque en el fondo no dejan de ser lo mismo: un espejismo elaborado durante años por todo tipo de estúpidos para otros estúpidos que pensaban que todo duraría eterna y estúpidamente, por los siglos de los siglos.

 

 

 

 

 

 

comments
Tags :
Previous post link
Next post link

About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

Scroll To Top