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La economía de los hijos de puta

economía de los hijos de puta

 

Por alguna razón, los tahúres y los brujos de ese barullo cada día más homeopático que es la economía mundial -y la Economía como rama científica-, suelen callar ante un tipo de economía subrepticia y opaca que silenciosamente se ha extendido en el marco de muchísimos países y que, por alguna razón, ha adquirido tal relevancia que podría afirmarse sin temor a error que condiciona directamente al resto de la economía mundial “lícita” y “legal” (la supuesta economía “normal”, vamos). Me refiero a la economía de los ya famosos papeles de Panamá.

Por alguna razón, parece que estos brujos, estos tahúres, muchos de ellos actualmente docentes -algunos catedráticos- en distintas Facultades de Economía y de Derecho de muy distintos países (en los PIGS los he visto a patadas), no acaban de querer escribir sobre este tipo de actividades económicas que a día de hoy tanto se han expandido. Es decir, si un buen día usted decide ir a una biblioteca y abrir un libro de estos “expertos” en la materia económica y jurídica internacional, muy pocas veces podrá leer usted una crítica a este tipo de “economía” silenciosa a todas luces ilícita y que, por alguna razón, se desarrolla en países apartados cuya tributación, su fiscalidad y control, claro, son una mera anécdota. Es como si este tipo de realidad no existiera dentro de la oficialidad económica que se estudia en las Facultades.

Nadie o muy pocos de estos supuestos “expertos” han calificado -ni mucho menos titulado- este tipo de economía que poco o nada tiene que ver con aquella ingenua -a estas alturas más que ingeniosa- mano de Adam Smith. Por alguna razón, digo, no verá usted un sólo libro en las Facultades de Derecho y de Economía, que a su vez desarrolle una materia troncal, en la que se mencione acerca de esta economía de los hijos de puta. Porque, por alguna razón, este tipo de economía de los hijos de puta no es una economía recomendada para el resto de mortales. Ni mucho menos que haya que estudiar. Por alguna razón.

Como digo, en esta economía, la de los hijos de puta, por alguna razón todo tiende a lo opaco. Y cuando uno osa criticar ese secretismo inherente nunca faltará un gilipollas, probablemente jurista/economista, probablemente español, aún más probablemente las dos cosas, que suelte algo así como: “Todo el mundo tiene derecho a no publicar sus cuentas, ¡es la libertad!”. Y es que parece ser que esa keyword de la libertad es la palabra clave ideal para que un perfecto imbécil, que probablemente jamás haya abierto un sólo libro sobre economía desde una perspectiva puramente objetiva, decida justificar a ese -o esa- hijo de puta que juega en una especie de división alternativa de la economía en la que, por alguna razón, sólo unos cuantos pueden jugar.

Porque al final, cuando analiza uno bien la cuestión, en este tipo de historias sólo hay dos protagonistas: el -o la- hijo (a) de puta al que todo el mundo que no sea él/ella le da exactamente igual, y el (la) gilipollas que le ríe las gracias y le justifica los hechos porque recoge las migajas que aquél deja caer como alguien hace en una plaza cualquiera, un día cualquiera, para alimentar a las palomas. Y de esa unión, de esa simbiosis entre hijos de puta y gilipollas, nace toda una serie de hechos, de acciones, capaces de condicionar, silenciosa y secretamente, al resto del mundo. Porque, por si usted no se había enterado, si usted está desempleado o ha tenido que emigrar en el momento en que lee estas lineas, es muy probable que su situación se haya visto influenciada por esta economía de los hijos de puta en la que cantidades ingentes de dinero se estancan en paraísos fiscales a miles de kilómetros en vez de servir para, por ejemplo, inversiones que intenten retroalimentar y mejorar el estado de la economía normal. Y se van a miles de kilómetros porque, aunque estos hijos de puta sean expertos del marketing en cuanto al uso de banderas y patrias se refiere -España, Cataluña, Chiquitistán, da igual-, la única realidad es que les importa una somera mierda cosas tan “banales” como la tasa de desempleo, las subvenciones para nuevos emprendedores o que las prestaciones para discapacitados estén por los suelos. Porque para los militantes de la economía de los hijos de puta, la palabra Estado debe escribirse siempre con minúscula. Porque su concepción de Estado es la de alguien que llega a gobernar para robarles-probablemente porque se adelantan a sus propias mecánicas-. Da igual que les expliques que parte de la economía debe de estar regulada precisamente para evitar este tipo de desfalcos, el hijo de puta ya habrá convencido al gilipollas para escupir sus dogmas: “el Estado nos roba”, “lo mejor es la libertad” (para robar a manos llenas, claro), y las famosas citas sobre “mamandurrias” y “hay que trabajar más” (Diez Férran dixit, actualmente en la cárcel).

Porque para el hijo de puta, también para el gilipollas, los impuestos son algo poco importante que, si acaso, deben de pagar otros. Es más, los impuestos, en la economía de los hijos de puta, son dinero que debe servir para repartirse entre uno mismo y sus amiguetes en base a adjudicaciones amañadas y todo tipo de manipulaciones. Uno se pregunta por qué en los libros de Derecho Administrativo españoles jamás aparecen estas mecánicas “administrativas” si han sido probablemente más reales -y realizadas- que el espejismo teórico que esos mismos leguleyos han ido tejiendo en doctrinas jurídicas que ni siquiera ellos mismos se creen. Y si osas criticar esa fantasía teórica, esa masturbación mental de según qué docentes jurídicos y económicos, es porque eres un envidioso. Por alguna razón.

Sin embargo, para ser justos, no sólo el hijo de puta que un buen día decide que sean otros quienes mantengan los hospitales, carreteras, sistemas de alumbrado y demás bienes públicos es culpable de esta economía de los hijos de puta en las que unos pagan lo que no pagan otros. Tampoco la culpa recae únicamente en el gilipollas que protege chapuceramente al hijo de puta, intentando justificar lo injustificable en base al mismo mecanismo con el que alguien alimenta a unas palomas en una plaza de pueblo. No, eso sería un análisis muy simplista. La realidad, la jodida realidad, es que hay miles de personas quejándose de su situación laboral, económica y social que mientras tanto siguen comprando -o usando- en esas empresas que hacen exactamente lo mismo que se hace en la economía de los hijos de puta. Esas empresas que bajo logotipo de colores y libros a un euro vendían simpáticas imágenes mientras deslocalizaban sucursales para pagar impuesto mucho más reducidos en países que nada tuvieron que ver con las transacciones. Y a eso, a ese aprovecharse de la situación para desigualar la competencia perfecta, los hijos de puta y los gilipollas le llaman economía.  Y a los demás nos importa poco porque así nos sale todo más barato.

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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