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La pantomima del Tribunal del Jurado

Nota: escrito en enero de 2012 y trasladado a este blog en abril de 2016.

 

el tribunal del jurado

 

De no ser porque pasé demasiados años de mi vida estudiando Derecho, lo cual supuso tener que conocer a algunas de las personalidades que manejan el tema jurídico en España, me seguiría sorprendiendo de que algo como el Jurado pueda seguir existiendo.

Quisiera comenzar este breve (demasiado largo) artículo sobre el Tribunal del Jurado insistiendo en que no tiene ninguna finalidad política, sino puramente didáctica.

Mi crítica va encaminada al sistema jurídico español: tanto al legislativo, como al judicial como al doctrinario (profesores universitarios que se emborrachan de teorías que luego son ridículamente refutadas por la praxis).   La caricatura y surrealismo del Tribunal del Jurado español tiene su máxima expresión en aquellos casos con un trasfondo potencialmente político, pues, por su misma naturaleza, son altamente contaminables. Es así que cualquier legislación, cabal, racional y basada en la reflexión y no en la mera imbecilidad, debería tener recogido como causa de excepción la potencialidad política de la casuística concreta.

Subrayar, por otro lado, que los señores y señoras juristas, alguno de los cuales tanto les gusta dárselas de letrados, son, en una gran proporción, o al menos en la que yo he tenido la mala suerte de conocer, auténticos ignorantes de otras muchas materias que no sean la legal. Ese es, de por sí, un gran y llamativo primer problema, pues el Derecho, como árbol multidisciplinar, debería ahondar en determinadas materias que no tienen una base jurídica pero que pueden explicar comportamientos o conductas que indirectamente tengan que ver con lo jurídico. Si hay una materia importante desde este punto de vista, esa es la Psicología.

Comenzaré mi tesis resumiendo la idea para aquellos legos en Derecho: el Jurado vendría a ser como si mañana el médico de cabecera le detecta un bulto a alguien, al día siguiente se lo observa el especialista, el cual genera un informe sobre la sintomatología, los indicios y las propiedades de la presunta enfermedad, y por último, el veredicto de si hay que operar o no se lo dejan a usted, que es muy posible que sepa de Medicina lo que yo de ingeniería aeroespacial; es decir, nada.

Y seguirá usted sin saber de Medicina por mucho que en dos semanas le cuenten historias sobre expedientes, pruebas, informes y sintomatologías. Lo mismo que yo seguiré sabiendo de ingeniería espacial por mucho que en dos semanas me hablen de todo tipo de materiales, física, mecánica, elementos que participan en el vuelo, etc. A eso, por supuesto, habría que añadirle que, en casos con un importante telón de fondo político, su decisión es muy probable que quede a expensas de lo que le dicte su corazón, y no su cabeza.

Imagínese usted la pantomina: 30 personas escogidas al azar reciben un buen día una carta sobre la obligación que tienen para decidir sobre el veredicto de un caso del que, en principio, no tienen la menor idea (bueno, tal vez sí la tengan si el caso es mediático, lo cual significaría una posibilidad aún peor). De esas 30 personas, tanto la acusación como la defensa deberán hacer un filtro para escoger a 9 elegidos y, TEÓRICAMENTE, evitar  cualquier parcialidad;esto es, se realizar una entrevista personal para cada potencial jurado en la que se le pregunta por distintos puntos de vista. En los casos de enjuiciamientos a políticos mediante este sistema, ¿es que hay alguien que crea que el defensor -aunque le haya aconsejado un experto científico social- no va a escoger como candidatos a aquellos que él crea TENDENCIOSAMENTE que son susceptibles de tener una ideología parecida a su defendido? ¿Es que hay alguien que crea que el acusador no hará LO MISMO PERO AL REVÉS? ¿Qué debería hacer entonces hacer la Fiscalía, tirar una moneda al aire para ver a quién se escoge?  Y lo más importante: ¿A qué clase de cretino se le puede ocurrir proponer esto como método objetivo de resolución de conflictos? Debe de ser que los juristas no leen novelas de ex-juristas basadas en casos reales sobre las pifias de los jurados y el mal y preocupante funcionamiento de estos en otros países (que además, para ser aún más cómico, nos cuestan a todos un dinero del erario público). ¿Dónde queda, pues, la especialización profesional si el que va a decidir sobre el asunto no es ni siquiera mero aficionado?

Si el Derecho supiera mínimamente de Psicología, pero de la cual no tiene ni puñetera idea (para ser claros), entendería que una personalidad es un conjunto de mecanismos demasiado subjetivo como para tener que saber, entender, o meramente analizar, si una cuestión es justa materialmente o no (o entender, siquiera, cuándo una prueba puede considerarse determinante o no en el caso concreto, o cuál de ellas debe tener mayor o menor peso ). Empezamos mal si para querer descubrir lo objetivamente justo requerimos a personas que tal vez ni siquiera conozcan, por diversos motivos que no vienen al caso, la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo.

Si el Derecho supiera de Psicología, de la cual no tiene ni puñetera idea (para ser claros), entendería que las personas son personas, no máquinas, ni androides, ni autómatas programados, y que por ello son totalmente susceptibles de ser influenciados de muy diversas maneras. Solo por el mero hecho de que las personas sean distintamente impresionables (dependiendo de lo subjetivo de su personalidad), ya debería dar el Derecho por inválida tal aberración jurídica.

En particular, la aberración llega al punto de surrealismo daliniano cuando algo, con los evidentes  mecanismos psicológicos que afectan a la capacidad del Jurado, tiene como finalidad un veredicto sobre una causa en la que, como trasfondo, hay un evidente telón político.  Entonces, ya no es que el Jurado pueda verse influido (o influenciado) por elementos externos, sino que claramente las ideas políticas de cada cual tienen una alta probabilidad de determinar una votación, ya que, como dice la Psicología, nuestra forma de pensar en determinados ámbitos pueden regir nuestra postura sobre cualquier otra cosa (lo que toda la vida los psicólogos llamaron condicionar). En otras palabras, por si algún jurista de mente privilegiada lee esto: si usted ha mamado toda la vida que la derecha o la izquierda es lo que usted debe votar, hay una altísima probabilidad de que usted, como miembro de un jurado que tiene que juzgar un determinado comportamiento, obvie cualquier tipo de prueba que le muestren, o incluso, que sea capaz de sumarle o restarle valor dependiendo de su propia configuración de la realidad. Ya que, en ese caso, es posible que usted se identifique, consciente o inconscientemente con el propio acusado que tiene ideología similar.

En pocas palabras: le da igual que le pongan llamadas grabadas con conversaciones en las que expresamente se dan pie a actos delictivos -o cualquier otro tipo de documento probatorio-, que si le ponen dibujos animados o algo de música para amenizar el juicio mientras declaran los testigos. Y le da igual porque a usted, en el caso de ser miembro de un Jurado, y como por otra parte es normal al no ser una máquina, ni se le requiere independencia ni objetividad. Bueno, sí, la que le pide el Presidente del Tribunal como mero acto formal (que es lo mismo que no decir nada). De hecho, parece entender la Ley que la independencia y la objetividad que se le exige a los jueces y magistrados pueda ser la misma que a un ciudadano normal. Entonces solo me queda volver a decir que quien puede entender algo así es un cretino, de la misma forma que solo a un cretino se le podría ocurrir, por ejemplo, pedirle requisitos o conocimientos característicos de la carrera de Medicina a alguien escogido al azar para que fuera a operar al hospital.

En el caso práctico que nos atañe, el de el uso del Tribunal del Jurado en casos en los que puede existir un telón político, 9 personas con sus personalidades, su historial vital, su estilo de vida y su educación recibida son las que tienen que decidir un veredicto. El problema se da cuando estas personas usan como criterios para decidir eso mismo que acabo de enumerar y no la objetividad e independencia que son características psicológicas que desgraciadamente no todo el mundo tiene. Como esto es claro que puede ocurrir, e incluso desde un punto de vista psicológico podríamos decir que es lo normal, no puede dejar la Ley, por consiguiente, la decisión de algo así porque es PALMARIO, CATEGÓRICO-y cualquier adjetivo que tenga que ver con CLARÍSIMO-, que la decisión va a ser tomada en base a elementos que al Derecho deberían de importarle tres pimientos. Al Derecho le importa lo objetivo, lo probado y no probado, y el valor que esas pruebas tienen para poder demostrar o refutar hechos. No le importa lo que a usted le convenga votar o crea que lo justo sería…

Da exactamente igual, señores juristas de mente brillante, que tanto el abogado defensor como la parte acusadora o la Fiscalía filtren la parcialidad de los potenciales jurados; la Psicología, y no el Derecho, entiende perfectamente que la parcialidad puede ser ocultada de distintas formas, y para distintos fines. El Derecho, en este caso, es un pobre ignorante que desconoce cómo funciona el mecanismo psicólogico de las personas, pero que se atreve a usar algo de lo que no sabe absolutamente nada. Porque la ignorancia, como ya sabemos, es muy atrevida. Y en el mundo del Derecho los ignorantes son el pan de cada día.

Hay un clarísimo problema actual en España, y es que una gran parte de los legisladores -juristas o no- de este país son unos ignorantes de tomo y lomo.  Conocedores, tal vez, de cuestiones meramente jurídicas o pseudojurídicas, pero auténticos desgraciados mentales para todo lo demás. Yo, cuando pensaba que el mundo era perfecto, creía que era una exageración, pero he podido ir comprobando que realmente es así. Estamos rodeados de imbéciles funcionales que hacen de cualquier sistema un mero teatrillo en el que la mera capacidad de fingir se valora cada vez más y el esfuerzo cada vez menos. Debemos replantearnos, como sociedad, si esto es lo que queremos o no. Porque lo que no puede ser es que la Ley no sea capaz de prever resultados que a todas luces son equivocados. No puede ser que la Ley conceda fallas para que algo que cualquier profesional valoraría de una forma, sea valorado de otra por no profesionales. Eso lo único que ofrece son ganas de reír y de llorar al mismo tiempo.

Por favor, señores juristas de este país, dejen de leer únicamente libros jurídicos y adquieran conocimientos multidisciplinares de diversas otras materias. Ya que ustedes no tienen tiempo para leer algo que no sea cuestión jurídica, vamos a ver que decía un experto en Psicología de masas cuando sus padres, o abuelos, iban en pañales:

 

          Hallaremos que demuestran tener sugestionabilidad y tan sólo una leve capacidad de raciocinio, mientras que se hallan abiertas a la influencia de los líderes de masas, estando guiadas mayormente por sentimientos inconscientes. En el transcurso de esta investigación tendremos ocasión de observar algunos ejemplos interesantes de los errores que pueden ser cometidos por personas no familiarizadas con la psicología de las masas.[…]

           […]Al igual que las masas, los jurados se impresionan muy fuertemente por consideraciones sentimentales y muy levemente por argumentos. “No pueden resistir la vista– escribe un abogado – de una madre dándole el pecho a su hijo, o el de los huérfanos”. “Es suficiente que una mujer tenga una presencia agradable – dice M. des Glajeux – para ganarse la benevolencia del jurado”.[…]

           […]Carentes de misericordia por crímenes de los cuales parecería posible que ellos mismos podrían terminar siendo víctimas – estos crímenes, por lo demás, son los más peligrosos para la sociedad – los jurados, en contrapartida, son muy indulgentes en el caso de violaciones a la ley cuyo motivo es la pasión.[…]

          […]Los jurados, al igual que las masas, se dejan impresionar profundamente por el prestigio y el Presidente des Gajeux destaca muy adecuadamente que por más democráticos que sean los jurados en su composición, resultan ser muy aristocráticos en sus filias y sus fobias. “Nombre, cuna, gran fortuna, celebridad, la asistencia de un defensor ilustre, cualquier cosa de naturaleza distinguida o que otorgue brillo al acusado, lo pone en una posición extremadamente favorable.”[…]

          […]La principal preocupación de una buena defensa debería ser la de trabajar sobre los sentimientos del jurado y, como con todas las masas, argumentar lo menos posible, o bien emplear tan sólo modos rudimentarios de razonamiento.[…]

          […]El orador no necesita convertir a su opinión a todos los miembros del jurado sino solamente a los espíritus lideradores del mismo quienes determinarán la opinión general. Como en todas las masas, también en los jurados hay un reducido número de individuos que sirven de guía al resto. “He hallado por experiencia  – dice el abogado antes citado – que una o dos personas enérgicas bastan para arrastrar el resto del jurado con ellas”. Es a esos dos o tres que es necesario convencer por medio de hábiles sugestiones. Ante todo y por encima de todo es necesario agradarles.[…] 

          […]Los errores de los jurados han sido siempre, antes que nada, errores de los magistrados. Es sólo a los magistrados, pues, a quienes se debería culpar cuando aparecen errores judiciales particularmente monstruosos[…]

 

Psicología de las masas. Libro III. Capítulo III. 

Gustave Lebon (1894)

 

Ni que decir tiene que los textos de Lebon sobre la psicología de las masas está de mayor actualidad que nunca, a pesar del tiempo en el que fue escrito.

 

Vamos a ver, ahora, qué decían allá por 2002, desde la Universidad de Granada y Almería, J. García García, L. De la Fuente Sánchez y E.I. De la Fuente Solana en su artículo  “UNA VISIÓN PSICOJURÍDICA DEL JURADO ESPAÑOL DESDE SUS FUNDAMENTOS Y FUNCIONAMIENTO“:

 

           […]Sin embargo, se puede afirmar que en España se ha optado por un procedimiento de  voir dire, que consiste en la evaluación de los candidatos por parte de los abogados, convirtiéndose éstos en lo que algunos autores han llamado  psicólogos intuitivos (p.e. Sobral, 1991). Esta función desarrollada por los abogados provoca, con frecuencia, que hagan gala de una especie de folclore legal (Cutler, 1990; Fulero y Penrod  1990) exento de fundamento científico, que les lleva a considerar importantes unas u otras cuestiones con relación a un proceso concreto.  […]

           […]La diferencia fundamental entre ambos es, por tanto, que mientras en un modelo de Selección Científica del Jurado, el proceso de selección es más amplio y está desde el principio guiado por el científico social, en un modelo de voir dire con asesoramiento de científicos sociales, el proceso está dirigido por abogados y se limita al ámbito de la sala de justicia […]

Se puede imaginar el lector cuál es la modalidad española, ¿no?

[…]incluso en nuestro país, donde todavía estamos en los comienzos del sistema de jurados, algunos penalistas ya se han hecho eco de estos procesos (de hecho, los abogados penalistas españoles se están preguntando ya, si no van a tener que estudiar Psicología, o incorporar a sus bufetes expertos en esta  materia…” (Gómez, 1998:1184). Y esto, a pesar de que la Ley del Jurado, en su exposición de motivos, excluía de manera  indirecta la participación del científico social en la selección de jurados: “…con el sorteo a partir de las listas censales como sistema, democrático en cuanto excluye criterios elitistas, aún a fuero de científicos”.[…]

 

         […]Lo anterior ha llevado a afirmar  que el Magistrado-Presidente del jurado se convierte en una especie de  psicómetra experto (García, 1998), probablemente carente de la formación adecuada; de hecho, buena parte de los primeros errores detectados en  el funcionamiento del Jurado en la determinación del objeto del veredicto  hacen referencia a  la complejidad en la proposición del veredicto sobre los hechos, la indefinición en el planteamiento del veredicto y la falta de separación adecuada entre hechos favorables y desfavorables (CGPJ, 1998,1999)[…]

 

[…]Con respecto al primer aspecto, valgan como ejemplos la selección del Jurado del caso O.J. Simpson, que tuvo un mes de duración (Fletcher, 1997); o que un bufete norteamericano dedicado a consultas de  este tipo tuvo unos ingresos de 25 millones de dólares en 1988 (Cutler, 1990).[…]

Vamos, dos cosas que le faltaban al sistema judicial español: lentitud y pagar 25 millones de euros por consultas de este tipo.

-Otro caso llamativo sobre el Tribunal del Jurado en un caso con telón de fondo político:

Mikel Otegui, absuelto por un Jurado popular, incluso habiéndose probado que mató a dos policías en el País Vasco. Luego, se intentó arreglar el desaguisado.

-Errores del Jurado en otros casos sin telón de fondo político:

Caso Wanninkhof

Un hombre admite su crimen tras ser absuelto por un jurado popular. (en este caso habría que decir que el veredicto fue jurídicamente razonable porque había falta de pruebas, pero lo añado para reforzar la idea inversa de que, cuando sí hay pruebas, también puede el veredicto estar equivocado).

Repito: cualquier absuelto mediante este sistema de jurisdicción está bien absuelto porque ACTUALMENTE la Ley permite este tipo de aberración jurídica que solo un ignorante puede defender.

El verdadero problema, mucho más preocupante, es de aquellos que permiten sistemas de resolución que no encajan con la naturaleza de los casos por ser obviamente incompatibles (Tribunal del Jurado en casos con trasfondo político).

A esos son a los que realmente hay que acusar y condenar. Y de los que yo, como ciudadano, ME AVERGÜENZO profundamente.

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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