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Los hipócritas lemmings suicidas de Internet (III): es la sostenibilidad, internauta.

Pepephone

 

Este tweet pertenece a uno de los directores de Pepephone,  el cual generó un artículo en un medio español de los que hace años vienen autodenominándose “nuevo periodismo” -que es como suelen hacerlo los medios cuyo origen es puramente digital, a diferencia de los medios que nacieron en formato en papel- y cuya especialidad, o ámbito, es el de la tecnología. Este medio, ADSLZone, es relativamente famoso en Internet. Lo conocen, sobre todo, la masa de personas cuyo oficio o trabajo está relacionado con la Red: programadores, ingenieros de software, ingenieros de telecomunicaciones, diseñadores web, publicistas digitales, analistas de datos, etc. Es muy posible que algunas personas no lo hayan leído en su vida, pero teniendo en cuenta que los fundadores de estos medios son, más que periodistas, expertos en posicionamiento o programación, es muy posible que usted haya leído alguna vez alguno de sus artículos mediante alguna búsqueda en Internet.  Esto es algo destacable y se repite en la mayoría de los casos: los fundadores de este tipo de “nuevos” medios, al igual que pueda ser Menéame –agregador de noticias cuya única función es generar portadas con las noticias de otros medios, es decir, no genera contenido alguno-, tienen un perfil puramente digital (Ricardo Galli, uno de sus fundadores, es programador y fue profesor de la materia en la Universidad de Las Islas Baleares). De la misma forma, uno de los fundadores de ADSLZone es SEO -optimización en buscadores digitales-. Con esto quiero decir que, por ejemplo, sus fundadores son personas  que suelen desconocer otros ámbitos como el jurídico, económico, psicológico o periodístico -independientemente de que el Sr. Galli crea haber descubierto la materia por haber co-fundado un medio de comunicación nativo de Internet-. Hasta aquí todo correcto.

El conflicto aparece cuando en este tipo de medios se concentran una masa abundante de personas con perfil digital muchos de los cuales, como es evidente, se mueven a lo largo y ancho del espacio virtual (cuestión importante de todo esto es que un alto porcentaje de ellos viven únicamente de trabajos/servicios relacionados con Internet o los ordenadores). Escribo “conflicto” porque sería muy ingenuo, aparte de tendencioso, pretender mirar hacia otro lado y evitar pasar de largo sobre un problema que afecta al conjunto de Internet en sí. Aquí habría que aclarar que, especialmente, existe un conflicto porque, según mi experiencia, el internauta hispano (España y latinoamérica) es muy dado a inferir en ámbitos ajenos pensando que es conocedor de todas las ramas -es impresionante el número de internautas hispanos que creen poder dirimir sobre los aspectos técnico-jurídicos de cuestiones que escapan a cualquier criterio jurídico mínimamente profesional.  Nada nuevo en la cultura hispana, por otro lado, como ya es más que sabido.

Pongámonos en antecedentes: con la llegada de Internet, algunos audaces exploradores, comenzaron a indagar las posibilidades de explotación de ese nuevo espacio “repentinamente” aparecido, cual Oeste americano lo fue en su momento.  De la misma forma que en la América del s. XIX los colonos montaban sobre carretas para hacerse con parcelas de terreno, y algo más tarde apareció la figura del buscador de oro -entre otras-, podríamos decir que en Internet fueron apareciendo nuevos sujetos que fueron dándole forma mercantil a ese nuevo espacio interconectado. Hasta aquí todo correcto: un sistema económico avanzado debe permitir -a veces incluso motivar- que diferentes sujetos desarrollen labores de emprendimiento las cuales, a medio-largo plazo, generará riqueza y empleo general. Sin embargo, algunos parecen olvidar que en “la América de los mercados libres” hubo que acabar imponiendo un sistema legal debido a las cientos de miles de injusticias que se cometieron antes del mismo (no es cuestión de expandirme sobre este punto, creo que todos habrán visto o leído al menos una película o libro sobre cómo fue la historia del Far West americano).

Pero… ¿qué es una injusticia? La mayoría de los legos en Derecho suelen extraer el concepto desde una lógica puramente dicotómica: “una injusticia se da cuando algo no es justo”, lo cual sería correcto de no ser porque el concepto de justicia puede tener muchos grados derivados de su distinta casuística o su relatividad cultural -lo que para una sociedad puede ser “justo”, para otra no, aunque el término “Justicia” aspira a cierta universalidad objetiva, como veremos-. Después de haber leído miles de comentarios y entradas en distintos medios, sobre muy diferentes temáticas, personalmente creo que podría concluir que, por alguna razón -y esto debería algo ser muy preocupante- para el sujeto hispano el concepto de lo justo tiene una directa relación con el concepto psicológico del “yo”. Es decir, en general, en el ambiente latino, “lo justo” tiene que ver con uno mismo -subjetivismo- más que con una objetivización de lo abstracto: “si me beneficia es justo, si no me beneficia es injusto” (sic). Lo que estoy escribiendo puede sonar exagerado, pero es fácilmente comprobable una vez nos sumergimos en la vastedad de Internet y exploramos sus diversos rincones -diarios, blogs personales, redes sociales, magazines… Por su propia física, los comentarios quedan registrados de forma escrita en prácticamente todos los medios, por lo que, como escribo, es fácilmente comprobable-.

Todo esto viene a colación porque en la Internet hispana -generalmente mucho más que en la anglosajona, germana, francesa o nórdica-, se produce algo que Julián Marías adjetivó el otro día, en un entrevista, como “matonismo”, y que vendría a entenderse como el efecto que produce el que una masa de personas entiendan, mediante un criterio de Justicia basado en lo que comento, que algo les puede perjudicar en relación a su yo psicológico. Desde mi punto de vista diría que efectivamente es así y lo único que puede generar el querer negarlo es  algo aún más contraproducente. Es básicamente lo que comenté en esta entrada sobre el “efecto lemming“. Antes que Marías, Umberto Eco y Pérez-Reverte habían alertado sobre esta cuestión.

Esto me recordó al tema de la propiedad intelectual, que es un tema jurídico bastante complejo desde la llegada de Internet y que no ha dejado de ser un tema candente desde su aparición. Por alguna razón, algunas masas de internautas absolutamente legos en Derecho y ¿casualmente? relacionadas con Internet -o en general, lo tecnológico- en España, parecen querer definir el concepto de lo que pueda ser un término acuñado décadas atrás. Para algunos de estos aspirantes a redefinir conceptos jurídicos, incluso la propiedad intelectual es algo que no existe. Esta imbecilidad -porque desde la más pura objetividad no puede definirse de otra forma-, la he leído en distintos medios de referencia hispana -sobre todo en los relativos a tecnología-. ¿Casualidad? Obviamente no. Sucede que, como decía algo más arriba, el criterio del internauta español medio es el de: “si me beneficia es válido, sino no”, que es el principal problema de todo lo que sucede en España (y países latinoamericanos), más allá de este tema particular. ¿Cómo beneficia al internauta? Muy fácil: si se dedica a las webs, lucrándose con la publicidad mediante obras ajenas. Como usuario: consiguiendo algo de forma gratuita, que de otra forma no lo sería. De esa unión, de esa especie de simbiosis, surge todo el problema aquí expuesto.

Quisiera comentarle al lector de esta entrada que este que escribe, aparte de ser jurista, ha tenido la oportunidad de ver el nacimiento de Internet desde su comienzo y haber formado parte activa de su desarrollo en distintos proyectos digitales. Lo comento porque creo tener cierta experiencia como para estar escribiendo este artículo. He navegado por foros en los que determinados internautas de perfil digital entregaban dinero a una figura denominada uploader para que estos subieran todo tipo de contenido a webs ubicadas en “paraísos virtuales” -intentando esquivar las distintas jurisdicciones-. He leído tutoriales explicando cómo engañar a los usuarios en estas webs para que hicieran click sobre la publicidad y no el botón de descarga correcto. He comprobado de primera mano cómo se genera tráfico de personas reales para que acaben en webs en las que el “webmaster” cobraba un buen dinero a costa de engañar al usuario para que dejara su teléfono móvil -a costa, además, de que al usuario estafado le llegara todo tipo de mensajes premium (de pago) que realmente no había solicitado-. Vi en su momento la creación del famoso Megaupload y, a diferencia de otros que escriben como si fueran expertos, conocía perfectamente la figura de Kim Doctom, quien actualmente está a la espera de un proceso por vulneración constante de contenido para el que no había invertido siquiera un céntimo o un segundo en su creación. Fundador, por cierto, que ahora dice esto sobre su propia creación. Fundador, por cierto, que fue procesado y condenado mucho antes de todo el tema de Megaupload y que, en su momento, supuso el caso de abuso de información más grande de toda Alemania hasta entonces. Supongo que eso, en la jungla virtual de programadores y personajes de perfil digital, no es importante. Porque, por si ustedes no lo sabían, por alguna razón, Internet, en determinados casos, está exenta de cumplir con las leyes, como según qué opinólogos escriben aumentando e incitando a la peligrosa creencia de que todo, o casi todo, vale en la Red.

Diferentes voceros de lo que podríamos denominar “la masa tecnológica”, entre ellos Enrique Dans, profesor de la IE Business School, se han ido adhiriendo a gran parte de ese discurso en el que la propiedad intelectual debería, por alguna razón que roza más la barra de bar que la reflexión jurídica, minimizarse o incluso desaparecer. Y es curioso, e incluso paradójico, que el señor Dans escribiera un libro sobre estos temas titulado Todo va a cambiar -un genio, sin duda- que apareció en formato papel de forma exclusiva. Es decir, un señor que había vomitado todo tipo de bilis en contra de la clásica industria del papel, que subtituló su libro con un contundente Tecnología: adaptarse o desaparecer –eslogan que posteriormente se convertiría en el argumento favorito del usuario de P2P y todo tipo de páginas de warez-, que lleva años proclamándose defensor a ultranza de los libros electrónicos y todo lo que tenga que ver con lo tecnológico, publicaba un libro con la editorial Deusto en el que no ofrecía ningún formato electrónico al tiempo que el de papel. Es decir, todo un nuevo abanderado de lo digital estaba publicando un libro sobre la evolución tecnológica… en papel. El señor Dans se escudó en que aquello no entraba dentro de sus posibilidades, sino que había sido Deusto quien había decidido ese punto. Lo que no entendía el señor Dans, repito, profesor de una escuela de negocios, es que había mucha gente esperando comprobar si ese discurso del “cuanto más gente te piratee, más famoso te harás y más venderás”, era real o la primera ocurrencia del típico charlatán palabrero para quien el mejor método para comprobar una hipótesis es ponerse una americana y una corbata. Por cierto, y volviendo al principio de esta entrada, hace ya un tiempo el señor Dans escribió uno de los artículos más chapuceros, insostenibles y vergonzantes que he leído en años acerca de lo que debería ser la fiscalidad internacional, su esencia, licitud y justificación. De verdad que no hay por dónde cogerlo. Pero sobre eso volveremos más tarde, ya que enlaza con el primer tweet de Pedro Serrahima -en el que se queja del trato fiscal que se le da a las tecnológicas-.

Todo esto me recuerda, como no, al periodista Juan Gómez-Jurado, otro repentino abanderado de las nuevas tecnologías -como si los demás no usáramos lo tecnológico-, que escribió tweets como este sobre una supuesta carta que le habían enviado -faltaría saber quién la escribió, claro-, porque el amigo Juan parece ser, en determinadas ocasiones, un contumaz portavoz de la inocencia:

 

gomez jurado

 

Este es sólo un ejemplo de muchos otros comentarios de Gómez-Jurado, quien hace ya un tiempo se erigió como vocero repentino dispuesto a ondear la bandera de lo “libre” -no gratis, que conste-, lo cual estaría muy bien de no ser porque este señor no había pisado en su vida los barrizales de Internet. Era un absoluto desconocedor de la mecánica y la conducta que se mueve en ese mundo underground que sólo los muy nativos digitales conocemos. Digamos que era un tipo inocente que pensaba algo así como: “esto es muy fácil, si se rebajan infinitamente los precios o se cuasiregala el producto, todos ganamos”, que cualquier economista un poco curtido adjetivaría como una memez, ya no de veinteañero inexperto, sino de adolescente de hormona volcánica, sobre todo cuando la cuestión nuclear -y real- del “problema de Internet” no fue realmente rebajar el precio de las cosas, sino que unos se lucraran con lo ajeno mientras otros defendían el “modelo” porque las recibían gratuitamente.

Pero el señor Jurado -y demás “libertarios” de Internet- seguía con su cantinela de que el hecho de que una sola persona pudiera poner a disposición de millones un archivo no supondría ninguna diferencia en un mercado. Aquí quisiera hacer un inciso importante: esta panda de ¿economistas? es capaz de comparar el “mano a mano” que en los 80′ hacíamos cualquier persona con las míticas cassettes, con poder subir un archivo digital a una URL o un P2P concreto. Cualquier que no sea un “despistado” entendería rápidamente que la potencialidad de la propagación es incomparable porque pasar una cinta de música a millones de personas de mano en mano es sencillamente imposible físicamente hablando (entre otras cosas porque nadie estaría dispuesto a comprar un millón de cintas vírgenes para hacer las copias y “compartir cultura”, que es otra de las expresiones absolutamente hipócritas de toda esta amalgama de populares populistas).

Hubo una época en la que el señor Jurado era un ídolo en algunos foros “literarios” de Internet -entiéndase por foro “literario”, en los nuevos tiempos, un lugar donde un tipo monta un espacio virtual para ganar un dinero con la publicidad, permite que se suban todo tipo de archivos con derechos ajenos y a eso le llama “empresa”, “start-up”, “emprendimiento” o “compartir cultura”-. Gómez-Jurado se convirtió de repente en el nuevo héroe internetero para el que todo lo digital era bueno y lo anterior estaba caduco. La industria anterior a Internet tendía al mal y la nueva industria tecnológica tendía al bien. Asirse a este discurso, claro, era lo fácil. Aquellos que osaron decir lo contrario fueron absolutamente linchados en todo tipo de foros, blogs o redes sociales. Fue un ejemplo, todavía común, del matonismo al que se refiere Julián Marías acertadamente y que podría resumirse en: o dices lo que queremos escuchar, porque nos conviene, o te vas a tomar por culo. El evoluciona o desaparece del Sr. Dans, el darwinista, en su versión más tecnológica y más chapucera posible -bueno, los nazis también interpretaron las observaciones de Darwin como les salió de los cojones, claro-.

Pero no nos desviemos del tema. Como decía, el señor Jurado se convirtió en el nuevo Robin Hood virtual en base, como no, a su discurso “revolucionario” -entiéndanse las comillas-, que era algo que le venía muy bien a toda una masa de webmasters que en España llevaban un tiempo con sus nuevos “modelos de negocio” (básicamente webs que giraban en torno a todo tipo de derechos ajenos). Pero… ¿cómo aparece el señor Gómez-Jurado en este escenario sobre la piratería?

Allá por 2011, el periodista tuvo un desencuentro con Alejandro Sanz en Twitter en el que el músico “retó” a Jurado a que pusiera sus libros de forma gratuita en la red ¿Qué sucedió? Que el escritor movió ficha en una jugada maestra: colocó algunas de sus obras a disposición del público, gratuitamente o bajo un precio simbólico. Eso sí, se trataban de obras que ya estaban más exprimidas que un limón en un guateque. Muy pocos repararon en que Jurado no había “liberado” -siguiendo el argot- sus obras más recientes, sino aquellas que ya habían sido vendidas desde hacía mucho tiempo. Con ello, además de ajustarse al discurso manipulado por todo tipo de personas de perfil “profesional” digital, sus libros alcanzarían la fama suficiente como para generar un nombre -el sueño de todo vendedor de audiencias- y poder comercializar más fácilmente sus siguientes obras -modelo de negocio muy aclamado por los Internautas y resumido en la famosa frase “lo importante es la visibilidad”, en base a productos puramente digitales como las aplicaciones móviles -. Pero he aquí que, como este que escribe imaginó antes de que sucediera, el tiro de Jurado acabó saliendo por la culata. ¿Qué sucedió?

Lo esperable: la siguiente novela de Jurado fue rápidamente subida a todo tipo de páginas, foros, etc, sin siquiera haber pasado dos días desde su publicación. El autor que había afirmado tajantamente: “La piratería no existe” -en otro de esos nuevos medios, por cierto- pedía ahora clemencia ante el mismo monstruo que él había estado dispuesto a alimentar. Sucedió que Jurado tuvo que bajarse los pantalones y pedirle a una página de Internet, conocida por ser una cueva de piratas, que retiraran su libro. El hombre que había proclamado a los cuatro vientos que la industria era prácticamente el mal, una embustera y que el mundillo que se había generado en torno a lo virtual siempre tenía la razón, pedía por favor que retiraran SU obra. Mientras, claro, al señor Jurado parecía no importarle que, por ejemplo, desde esa misma página pudiera descargarse otra publicación reciente de S.King (22-11-63). Claro que el bueno del señor King tenía todo un mercado en EEUU al que dedicarse y probablemente no le interesara España lo más mínimo.  Por alguna razón, al señor Jurado le importó aquella cuestión, pero no parecía importarle lo que sucediera con trabajos ajenos, lo cual describe perfectamente la catadura moral y capacidad de reflexión de una persona. No haga usted esto con mi trabajo, pero haga lo que le dé la gana con el de otros, que es uno de los pilares básicos de la Internet hispana desde hace ya muchos años.

¿Y qué es lo que este intento de Robin Hood, al más puro estilo Kim Doctcom, añadió para explicar por qué, ahora, de repente, sobre todo lo que había dicho “no se había entendido nada”?

 

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Algunos alertamos al Sr. Gómez-Jurado -también a los Dans, Galli, David Bravo -actualmente militante de Podemos, por cierto-, Javier de la Cueva o el Bufete Almeida y otros “revolucionarios” de lo cultural-, de que no estaba entendiendo la mecánica del Internet más underground, de que no eran conscientes del cómo unos señores eran capaces de pagar a otros desde jurisdicciones extranjeras para que estos últimos pudieran, por ejemplo, escanear todo tipo de revistas y subirlas a la Red con la única intención de lucrarse (a unos 6000€/mensuales en una estimación a la baja), de que no había, en definitiva ni rastro de ese ficticio y tendencioso argumentario del “compartir”, como pudo saberse en el caso Youkioske, de cuya sentencia podía extraerse:

 

…en definitiva, los acusados David G. y Raúl A.L se concertaron para crear y mantener la página Youkioske por tiempo indefinido con el fin de utilizar las facultades de los titulares de los derechos de explotación de las publicaciones y repartirse beneficios obtenidos y ello sin que contasen con el consentimiento de los titulares afectados, quedando demostrado que estos les comunicaron en múltiples ocasiones lo contrario, requiriéndoles reiteradamente que no usaran más los contenidos objeto de explotación por parte de los legítimos titulares”.

No les dolía ningún tipo de prendas manifestar su absoluto menosprecio, cuando no vilipendio, a aquellos que sabían que perjudicaban con sus acciones, de tal modo que se mofaban de cómo iban a emplear sus beneficios disfrutando en paradisíacas playas, mientras otros se irían al paro.

 

Es decir, estos señores del “compartir cultura” haciendo chistes sobre cómo se encontraba la situación del sector  mientras ellos ingresaban alrededor de 6000€ mensuales sin hacer más que exponer y distribuir la inversión y el trabajo ajeno: el modelo económico español en su máximo esplendor. Pero veamos algunos comentarios que pueden encontrarse en la misma noticia de la sentencia para ver el nivel general de los lemmings españoles. He aquí a uno de esos “empresarios” e “innovadores” tecnológicos hablando sobre el “esfuerzo”, la “libertad de expresión” y “cultura para el pueblo”.

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He aquí otro comentarista sagaz, futuro jurista español que posiblemente llegue al Tribunal Supremo en unos años. Disfruten ustedes con la lógica más sutil jamás tejida: como Urandagarín hizo tal, estos señores deberían ser absueltos porque jugar con las inversiones y el esfuerzo ajeno son “crímenes menores”. Como les digo, en unos años este señor estará en algún Tribunal Superior de Justicia de España.

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Vayamos con uno de mis favoritos: el argumento por el cual “como de todas formas no se iba a comprar, no pasa nada”; otra reflexión del “jurista” promedio español, para quien además “la cultura debe ser gratis porque en otros países lo es” -me gustaría saber cuáles y qué clase de cultura-. Uno no sabría decir si la persona que hay detrás de estas palabras tiene 15 años, es otro de esos webmasters de perfil digital o simplemente es alguien que simplemente piensa que, entre pagar y no pagar, lo más rentable es lo segundo. Eso sí, ¿apuestan ustedes qué diría este desgraciado si le dijeran que durante el próximo año su nómina no fuera a ser pagada? Tiene cojones, porque no se puede escribir otra cosa, que un asqueroso cínico como éste escriba “parásitos”. Cualquier detector de cinismo e hipocresía estallaría al leer el comentario siguiente. Un auténtico esperpento. Pero lo peor, lo realmente triste, es que España está llena de “juristas” como éste creyéndose las milongas de todo tipo de interesados capaces de justificar este tipo de acciones cuya ilicitud entendería cualquier colegial que haya leído más de cuatro libros -que quizás ese sea el problema fundamental-.

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Vayamos con otro de los argumentos para justificar a los dos condenados por el caso Youkioske y otros sujetos: como la editorial -o cualquier actor del sector- adquiere los derechos -o parte de ellos- al autor, ya todo vale porque así el autor es más famoso y entonces le pagan directamente… Así, según estos visionarios de lo comercial, el autor podrá darse a conocer y todo el mundo le pagará directamente a él/ella porque “lo vale”. Acojonante. ¿De verdad hay alguien capaz de creer que por el hecho de que un Youtuber de vídeojuegos tenga 5 millones de seguidores la calidad de todo va a ir a mejor? ¿De dónde, pregunto, salen esta clase de imbecilidades? No es posible que las afirme alguien con más de 30 años (que sí tendría con qué comparar).

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Menos mal que siempre hay alguien que entiende bien la cuestión y reflexionan para que otros no adoctrinen:

pirateria internet

Fïjense en lo siguiente: el comentarista intenta confundir diciendo que “las descargas libres no es robar”, sino compartir, que es algo que está muy claro y que no tiene que ver con la cuestión de la noticia, pues las descargas que se producían en Youkioske carecían, obviamente, de cualquier libertad de transacción. Pero he ahí que el comentarista iguala “descargas libres” con “robar” según “los que adoctrinan” y sentencia, finalmente: “pues no, para mí es compartir”, como si hubiera alguien que dijera que las descargas libres son ilegales, que es obvio que no es así. Una de dos: o este desgraciado es idiota y ni siquiera él mismo lo sabe -pues está confundiendo espectacularmente la cuestión por lo mencionado arriba-, o es el perfecto listo español haciéndose pasar por tonto. No me caben más expectativas, sinceramente. Imagino que si yo solamente pudiera vivir de una cosa haría lo mismo -pasarme por tonto-. De hecho, y eso lo vamos a dejar para otra entrada, el engaño en sus múltiples variantes ha sido claramente un elemento nuclear dentro de lo que es la macro y la microeconomía española durante años. Y el que todavía no se haya enterado de esto, o no lee los periódicos o no ha bajado nunca a la calle… O es directamente gilipollas. Supongo, también, que esa cuestión tiene que ver con esta entrada de una forma mucho más directa de lo que a priori se pudiera pensar.

 

¿Qué tiene que ver la piratería con las fiscalidad de las tecnológicas del inicio de este artículo?

Es relativamente sencillo: a diferencia del imbécil para el que alguien que critica determinadas cuestiones de Internet es directamente un ludita -o neoludita-, somos varios los nativos digitales que pensamos que en la Red hispana se están haciendo las cosas de forma muy equivocada en base a argumentaciones que hace mucho tiempo que pasaron cualquier línea roja. Internet podría  ser -de hecho lo es en otras geografías-, un caldo de cultivo económico que ayudara a generar riqueza perfectamente redistribuible. Incluso con un dato a favor: a diferencia del mundo físico, el mundo virtual es “infinito” y sus materias primas no son fungibles.

Sin embargo, y también a diferencia del mundo físico, el virtual tiene la “capacidad” de reducirse a pocos actores principales en torno de los cuales gira una gran porción de un escenario universal: Google, Facebook, Twitter, Netflix, Amazon, Spotify, Whatsapp, Apple, Microsoft, Yahoo, Uber, Airbnb y algunas otras empresas la mayoría de las cuales ya cotizan en bolsa y están valoradas en miles de millones de dólares (Facebook mismamente supera a General Motors, ni qué decir Google). Pero este espacio es más pequeño de lo que pudiera pensarse: de alguna forma, en este pequeño Universo siempre giran los mismos pocos planetas. De hecho, en el caso de Google, es un actor que está presente en cada vez más nichos económicos del mundo físico -aprovechando que domina el mundo virtual-.

Sucede que la mayoría de estas empresas son de origen estadounidense y se han establecido en países externos para ofrecer productos -cosa muy lícita-. Sucede, también, que muchas de ellas compiten en los nichos de otras medianas y pequeñas empresas que tienen mucho menor poder de actuación. Y sucede, por desgracia, que estas gigantes tecnológicas están siendo “dopadas” mediante tratamientos fiscales menos dolorosos que los que pueda tener que cargar otra empresa competidoras. La pregunta sería: ¿a qué clase de imbécil se le puede ocurrir que ese “dopping” sea algo interesante competitivamente hablando? Creo que no hace falta que lo explique, tampoco es la esencia de esta entrada. El caso es que el regulador europeo fue incapaz -aún lo sigue siendo- de prever que las empresas tecnológicas -cuya esencia, por antonomasia, es la deslocalización- acabarían por intentar todo tipo de artimañas para “lavar” dinero de forma lo más lícita posible. El legislador europeo parece, entonces, incapaz de comprender que si la fiscalidad para una empresa es distinta en un mismo escenario competitivo, se está “dopando” a unos competidores y facilitando su éxito en aras de otras que, paradójicamente, es muy posible que generen mayor tejido laboral en los distintos países.

La deslocalización fiscal genera que estas gigantes puedan ubicarse en otros territorios, lanzar su “manguera comercial” y absorber todo tipo de ganancias hacia sus bases sin tener que pasar por caja. Afortunadamente, los legisladores parecen empezar a darse cuenta de que esto no genera una competencia sana por muchos motivos y que el modelo europeo comienza a parecerse a esto:

modelos negocio internet

El caso de Full Tilt -una empresa de póquer de Internet- explotó en 2011. Desde 2005 varias personas -entre ellas este que escribe- habíamos alertado en diversos canales de que varias empresas de EEUU estaban desplazando dinero desde diferentes países de forma no regulada mediante programas deslocalizados (software que usuarios de distintos países se instalaban en sus ordenadores añadiendo dinero en cuentas que iban a parar a…. sí, paraísos fiscales). De alguna forma, el hecho de que las casas de juego fueran las primeras empresas en “virtualizarse” y dar todo tipo de titulares en relación a estafas y fraudes ya dejaba atisbar el Lejano Oeste en que se había convertido la Red. Por aquella misma época apareció el caso Modo Dios de Ultimate Bet, en el que se descubrió que los dueños de otra empresa online del juego podían ver las cartas de otros jugadores. Estafaron alrededor de 300 millones de dólares -sí hay algún país con más pícaros que los mediterráneos, ese es EEUU-.

En resumen: las legislaciones nacionales tardaron AÑOS en poner freno a todo el movimiento de dinero que fue saliendo de países como España hacia distintos paraísos fiscales, que es donde, como no, se ubican las sedes de todas estas “empresas”. De hecho, la ley que regula el juego en España apareció en 2011 a raíz de distintas alarmas y en su preámbulo puede leerse:

Desde la despenalización del juego en el Real Decreto Ley 16/1977, de 25 de febrero, por el que se regulan los Aspectos Penales, Administrativos y Fiscales de los Juegos de Suerte, Envite o Azar y Apuestas, y debido fundamentalmente a la irrupción de los nuevos servicios de comunicaciones electrónicas y a la utilización de los servicios de juego interactivos a través de Internet, ha cambiado de forma sustancial, tanto en España como en otros países de su entorno, la concepción tradicional del juego.

Durante muchos años, el régimen jurídico del juego ha sufrido pocos cambios. Sin embargo, recientemente, como consecuencia de la citada irrupción de las apuestas y juegos a través de Internet y al verse superados los límites territoriales de las relaciones comerciales tradicionales, la doctrina del Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha señalado la necesidad de establecer una oferta dimensionada de juego.

En paralelo a este proceso de cambio, han aparecido nuevos operadores en el mercado del juego para los que la normativa vigente no ofrece una respuesta regulatoria adecuada.

La carencia de los instrumentos normativos adecuados para dar respuesta a los interrogantes creados ante la nueva situación del mercado, ha generado en el sector del juego la necesidad de establecer nuevos mecanismos de regulación que ofrezcan seguridad jurídica a operadores y participantes en los diferentes juegos, sin olvidar la imprescindible protección de los menores de edad, de aquellas personas que hubieran solicitado voluntariamente la no participación, así como la protección del orden público y la prevención de los fenómenos de blanqueo de capitales y financiación del terrorismo.

lavado dinero poquer

¿Se puede tener un regulador más chapucero que uno que tarda más de 10 años en percatarse de la situación? Leyendo los diarios imagino, a día de hoy, que ahora la gente puede entender por qué estas cosas suceden así. Luego, curiosamente, nadie entiende cómo es posible que en España todo vaya mal, la Justicia entre ellas, y sobre la que un día de estos escribiré largo y tendido -si es que no ha salido aún la suficiente mierda en los diarios como para no entender cómo ha funcionado el sistema jurídico español estos últimos años, el cual, por cierto, está a rebosar de desgraciados de toda condición, cosa por la que, entre otras, este que escribe decidió emigrar hace años a otras latitudes.

Volviendo al principio de la entrada, ahora resulta que, de repente, a un director de Pepephone le parece que la fiscalidad de las gigantes tecnológicas no es la adecuada y ese comentario aparece en un medio nativo digital que, paradojas de la vida, siempre ha defendido a ese tipo de empresas por la única razón de que pertenecían al mismo mundillo virtual. Es decir, el criterio del típico idiota español elevado a su máxima potencia. Algo así como pensar: “el lobby de los viejos periódicos quieren mantener su statu quo, pero nosotros pertenecemos al nuevo, que es al que pertenecen las gigantes tecnológicas, así que defenderemos todos los argumentos de estas, porque nosotros remamos en el mismo barco” -siento lo infantil de la reflexión pero es básicamente la que dio pábulo a todo tipo de cuestiones que tienen que ver con este “problema de Internet”-.

Pero… ¿por qué ahora aparece esa queja, cuando has tenido el mismo problema durante años? He aquí la respuesta, a octubre de 2015:

Pepephone a la venta

Que vendría a ser un ejemplo de reflexión típicamente española: “a mí algo no me importa, hasta que me afecta”. Es decir, ahora que Pepephone parece estar en horas bajas, el tema fiscal de las gigantes tecnológica les importa. Y por si eso no fuera suficiente, un medio que ha defendido hasta la “suciedad” este tipo de entramados, como es el caso de ADSLnet, recoge la noticia con cierto tono de “indignación”:

Pepehone en Adslnet

Sí, Pedro, sí, todo es muy curioso.

Los modelos de negocio de Internet. La Red hispana.

El problema raíz de Internet es puramente económico: todo tiene un coste. Todo necesita un mantenimiento, una configuración, un trabajo, tiempo. España es un país cuyos economistas y juristas son absolutos chapuceros teóricos. Hay auténticos borregos enseñando teoría jurídica y económica en  las universidades españolas a base de una endogamia que en otros sistemas universitarios pondrían los pelos de punta. Además de eso, otro problema típico de las ciencias sociales es que no son exactas y ese margen de inexactitud da cancha a todo tipo de teatreros, charlatanes, palabreros y chamanes de todo pelaje. Sólo hay que darse una vuelta por un blog como Hay Derecho, uno de los principales del sector jurídico español, para entender lo que estoy diciendo. Un ejemplo rápido:

Banco de España y la burbuja inmobiliaria

Ni más ni menos que el Banco de España, una de las instituciones económicas y jurídicas más importantes del país, asegurando que no podría haber burbuja inmobiliaria… ¿Entienden ya por dónde voy? Y este es un caso”nimio”. La realidad es que la economía española de los últimos 20 años se ha basado en toda una serie de espejismos que obviamente no voy a desarrollar aquí, pero tengan por seguro que la chapuza legislativa es monumental y desde luego muchos de sus tejedores no tenían la menor idea de por qué dejar especular con la vivienda en base a empresas clientelares y de amiguetes no era precisamente el mejor motor de una economía a largo plazo (obviamente sí al corto-medio). Otros sí sabían perfectamente lo que estaban haciendo, que posiblemente sea aún peor.

Lo que quiero decir es que España, como país, suspende categóricamente en cultura económica. Desde la escuela a la universidad pasando por profesionales a los que se les supone un mínimo de reflexión económica/jurídica. Este suspenso podría trasladarse al resto de países hispanos, pues de alguna forma todos han absorbido históricamente la cultura española. En España hay una especie de dos bandos económicamente hablando: el de los que quieren exprimir a los otros en base a empresas clientelares y amiguismos varios -y a eso, además, le llaman economía-, y el de los que creen que todo debería ser gratuito -porque ellos lo valen-. Es una especie de tira y afloja en la que cualquier argumento parece servir: hipocresía, cinismo e idioteces varias son las materias primas del criterio español a la hora de reflexionar.

Es en este escenario dónde aparecen los todo gratis, los todo al precio que yo quiera y demás personajes “de Internet”, cuya única obsesión es argumentar que “las industrias son muy malas”, “las industrias son lobbies” -¿entonces qué son las tecnológicas?-, “el periodismo se vende” -eso sí, nadie quiere pagar por él-, y el famoso “el Estado viene a robarme” o “mejor si no se regula”, que es el dogma favorito del imbécil por antonomasia.

Hay otro curioso ejemplo relacionado con este tema que me viene a la mente. Cuando apareció “el problema de Internet” -que podría resumirse en vulneraciones de trabajos, contenido e inversiones además de una falta de respeto absoluta por el esfuerzo ajeno-, los taxistas hacían chistes con respecto a la piratería que se estaba produciendo en el sector cultural (muchos de ellos incluso se vanagloriaban de ser “piratas”). Venían a decir, básicamente, toda la retahíla de imbecilidades que he ido recogiendo en este artículo -además de muchas otras-. Estoy hablando de los primeros años.

Todo eran risas hasta que una gigante tecnológica llamada Uber entró en su nicho ofreciendo servicios de taxi mediante coches particulares que no requerían registro en ningún sitio -lo que entienden los economistas “liberales” por economía-. Es decir, Uber, una empresa con sede principal en Delaware, conocido territorio paraíso fiscal de EEUU, haciendo la competencia en España -y otros países- en el sector de trasporte de personas a través de particulares que ofrecían el servicio ad hoc, sin siquiera necesidad de que el coche estuviera asegurado, sin siquiera necesidad de que el actor de la actividad económica estuviera registrado como tal e incluso sin que la actividad quedara registrada. Y eso, a determinados gilipollas que se hacen llamar expertos, les parecía lo mejor del mundo económicamente hablando -no me voy a poner aquí a explicar ahora por qué un servicio de taxi debe de estar regulado en varios de sus elementos, pero hay que ser muy gilipollas para no verlo-. Un artículo memorable fue este de Economía Digital, que imagino que entenderá el lector de dónde viene la editorial.

Porque, al final de todo, cuando quieres hacer un resumen de todo este “problema de Internet” en el ámbito hispano, la propiedad intelectual, la cultura, las leyes o la economía en general, te das cuenta de que el principal problema que tiene España es que está a rebosar de gilipollas. Sí, sí, GILIPOLLAS tal cual describe acertadamente el Diccionario de la Real Academia. España es un filón para el gilipollas que es incapaz de entender qué significa la sostenibilidad, que no comprende un mínimo de economía, que no entiende por qué una ley debe ser la que debería o por qué un sistema debe basarse en un Estado. Es el país perfecto para el charlatán, el palabrero, el entendido de todo, el apoyador de codo en barra de bar que cree poder ser filósofo de cualquier cosa y del cuñado experto. Los tienes en la Universidad, en Escuelas de Negocio, en Ayuntamientos, Diputaciones, Cámaras Legislativas, Juzgados, periódicos de tirada nacional y, por supuesto, en cualquier calle.

¿Y qué piensan en otros países de estas cosas? Pues esto pensaban, por ejemplo en Reino Unido, allá por 2012, bastante antes del tweet del señor director de Pepephone.

Amazon investigada elusión fiscal

El quid de la cuestión es el siguiente: Internet podría ser un terreno de cultivo muy interesante para una economía floreciente, pero diversos idiotas se están cargando el ecosistema con una serie de argumentaciones tan ridículas como “regular Internet es ponerle puertas al campo” y demás sandeces semejantes dignas del paleto de pueblo que jamás ha leído un libro de Historia. La regulación es básica en cualquier sistema de la misma forma que la genética lo es para el correcto funcionamiento dentro de un organismo, y no lo contrario. Si no quieres que ese organismo acabe devorándose a sí mismo, deberás regularlo de forma sostenible. Todo lo demás son imbecilidades de idiotas haciendo teoría sobre cosas que creen saber y que probablemente no hayan reflexionado más allá del “me lo dijo mi padre”, “me lo contó la vecina”, “porque a mí me funcionó” o “es lo que me beneficia”, que es en lo que en España -y países latinos- se ha convertido la reflexión, la política y la educación.

P.D.: un saludo a los aquí nombrados, que sé de buena fuente que usan todo tipo de herramientas de alerta cuando sus nombres son indexados, como buenos sujetos digitales que son.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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