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PLANCTON. Capítulo I.

Para ver el mundo en un grano de arena, 
             Y el Cielo en una flor silvestre, 
Abarca el infinito en la palma de tu mano 
            Y la eternidad en una hora.

                                                        William Blake.

                                                                                                                        

 

TIERRA  1

 

        Aquella mañana de lunes llegué muy temprano a la redacción de El Continental. Saqué un café de la máquina y me senté delante del ordena­dor. Todavía medio dormido, miré a través de la ventana mientras removía el interior de un pequeño vaso de plástico. Un frío despiadado, escupido por una ola siberiana que parecía haberse encaprichado con Barcelona, se adhería al cristal formando un vaho resbaladizo sobre el cual alguien se había entrete­nido dibujando una sonrisa y escribiendo un “¡Me debes un al­muerzo!”.

El día anterior había perdido un batallado y agotador partido de squash contra Alex, un joven informático que se encargaba de reparar todo los estropicios que los demás hacíamos con los ordenadores del periódico. En realidad, el partido no había sido ni tan agotador ni tan batallado, pero el caso es que nos habíamos apostado que aquel que perdiera pagaría el al­muerzo del día siguiente. Según el noticiario, la temperatura ya no aumentaría hasta mediodía, por lo que concluí que no serían pocas las probabilidades de que aquella sonrisa se encargara de recordar mi derrota el resto de la ma­ñana.

Encendí la computadora y fui directamente al correo electrónico. En la bandeja tenía cuatro nuevos mensajes que fui leyendo al ritmo con que apuraba el café. Uno de ellos había sido enviado a toda la redacción por parte del director del periódico. Más o menos venía a decir que debíamos cumplir con los tiempos de edición, ya que en los últimos días se había retrasado injustificadamente. Me pareció bastante curioso que el director hubiera usado el término “injustificadamente” cuando hacía menos de un mes que la mitad de la plantilla había tenido que ser despedida debido al estrangulamiento en los ingresos publicitarios que había traído consigo la crisis, sin que,  por otro lado, hubiera descendido la cantidad de trabajo. También era bastante contradictorio que, mientras los demás habíamos accedido a bajarnos el sueldo considerablemente para favorecer el mantenimiento de la empresa ―que no era ninguno de los grandes y afamados diarios―, él no hubiera hecho lo mismo. Pero eso pertenece ya a otra historia que algún día también habrá que contar.

Los otros tres mensajes hacían referencia a futuros proyectos de re­portaje en los que todavía quedaba establecer los segmentos de fotografía, redacción, maquetación y un sinfín de tareas que requieren la la­bor periodística o  “culinoticiaria”, como solía apodar Alex al periodismo en referencia a una comparación de su propia cosecha, en la cual equipa­raba al sector de la cocina con el de la noticia. De alguna forma un tanto peyorativa, y siempre según sus palabras, los periodistas nos encargába­mos de cocinar las noticias para el resto de la sociedad. Yo me defendía alegando que, a diferencia de los cocineros, los periodistas no condimentá­bamos al gusto del consumidor, sino que guisábamos la reali­dad tal cual nos llegaba. O eso, al menos, era lo que a mí me habían ense­ñado a hacer.

Estaba a punto de clicar sobre la equis que cerraba el correo cuando me fijé en algo que me pareció extraordinariamente extraño. Al examinar los mensajes de los días anteriores descubrí que uno había sido recibido el viernes por la tarde sin que nadie lo hubiera abierto. Lo sorprendente era que estaba completamente seguro de que aquel mensaje no había estado en el repaso de correos que todos los redactores solemos hacer cuando acabamos la jornada. Según el programa de correo, el envío había sido recibido a las 17:33 del viernes, pero yo había hecho el repaso sobre las 19:30 de aquel mismo día y  no lo había visto en pantalla. Al menos no me sonaba haber leído nada con ese remitente que, por si fuera poco, tampoco llevaba asunto. Debería haber ocurrido un despiste muy grande por mi parte para no haber visto un mensaje así. Pero el icono que representaba un sobre cerrado venía a decir lo contrario.

―Carol, ¿repasaste el correo del viernes antes de salir? ―pregunté a mi compañera de sección.

―Sí, ¿por?

―¿Te suena haber visto un correo de un tal Iou Plancton?

―¿Iou Plancton? ¿Estás de coña? ―respondió girando momentánea­mente su cuello―. No me entretengas que tengo que acabar esto para hoy y el director ya está dándome por saco desde las siete.

―Perdona…

El hecho de que Carol no hubiera visto aquel mensaje me mos­queó aún más. A diferencia de la mía, ni el despiste ni la distracción habían sido alguna vez rasgos de su personalidad. Era tan meticulosa que solía manejar tres listas de tareas con la única finalidad de que, si alguna vez se le olvidaba la oficial en algún lado, aún le quedaran dos copias. Que a mí se me hubiera pasado ese mensaje por alto era una posibilidad; pero que tampoco Carol lo hubiera visto pertenecía ya al ámbito de lo imposible.

No sin cierta curiosidad, abrí el correo y comencé a leer:

 

         Las probabilidades de que este mensaje sea leído alguna vez son mucho menores que las de uno metido en una botella por un naufrago y lanzada a la deriva de algún océano desde una remota isla. De hecho, este mensaje proviene del océano más grande jamás conocido. Uno por el que en vez de carabelas, galeones o fragatas navegan estrellas, planetas y nebulosas. Concretamente desde un lugar llamado Plancton.

         Su destino es la Tierra, el planeta donde nací, ubicado en una galaxia llamada por nosotros Vía Láctea situada junto a otra denominada Andrómeda, las cuales están separadas por “solo” dos millones y medio de años― luz. O lo que es lo mismo: veintiún trillones, setecientos cincuenta y nueve mil seiscientos ochenta billones, ochenta y seis mil novecientos treinta y cinco millones, ochocientos cuarenta mil kilómetros.

         La distancia que debería recorrer este mensaje para llegar a la Tierra es de cinco mil veces la anterior. Para cuando llegara, yo ya habré dejado de existir; aún así, según los cálculos, debería llegar antes que Babellum. De otro modo, todo esfuerzo habrá sido en vano.

         Junto al mismo, envío también un relato escrito por mí en el que he intentado narrar todo lo sucedido a lo largo de estos años. Ahora mismo solo puedo mandar la primera parte, ya que el envío es más seguro a menor tamaño. En cuanto me sea posible mandaré el segundo volumen. Debería ser más bien pronto, pues no me queda mucho más tiempo.

        Espero que si alguien lo lee, sepa qué hacer con él.

        Solté una carcajada tan sonora que Carol volvió a girar su cuello.

―¿Me cuentas el chiste?

―Perdona… El correo ha resultado ser de uno de estos tipos que quieren que les publiquemos sus relatos. Aunque la verdad que el tío es bastante original. Dice que lo manda desde fuera de la Tierra. ¿Te puedes creer?

―Tal vez deberías mandárselo a Ali ―sugirió Carol―. Quizás ella sepa qué hacer con eso…

―¿No te has enterado? La echaron hace dos días… Y creo que querían eliminar la sección de arte… El director dice que no es una sección rentable…

―¿En serio? Pues bórralo,  pero no me entretengas ―acabó por sentenciar Carol sin que su cabeza dejara de ir de un lado a otro.

Finalmente seguí la sugerencia de Carol y borré aquel curioso mensaje, pues en la redacción había algo así como una norma consuetudinaria ―una de esas que nadie sabe quién estableció― que venía a decir que los mensajes poco importan­tes debían ser eliminados para no colapsar el programa de co­rreo. La verdad es que durante un segundo incluso me arrepentí, ya que llevaba un tiempo sin leer algo que no fueran noticias o reportajes y me dio por pensar que tal vez aquel relato me hubiera ayudado a despejar de la cabeza otros asun­tos. De todas formas, imaginé que el autor del envío habría probado con más diarios, o tal vez alguna que otra revista.

 

 

La mañana fue pasando irremediablemente. Sin darme cuenta el gran reloj de pared marcaba la hora del almuerzo. Justo cuando comencé a recoger un poco la mesa antes de ir hacia la cafetería, sonó el teléfono fijo. Miré el identificador de llamada y comprobé que se trataba de Alex, desde el departamento de informática.

―No te preocupes, no se me ha olvidado ―dije adelantándome a lo que imaginé que sería el objeto de su llamada ―. Tengo una cara aquí al lado que me ha estado observado toda la mañana. ¡Y lo peor es que todavía dura! Pero me debes la revancha…

―No te llamaba por eso, aunque… ¡Lo apostado es lo apostado! ―el informático rió desde el otro lado del teléfono―. Pásate cuando pue­das por mi departamento, tengo algo que quiero que veas.

―De acuerdo, ahora voy.

Colgué, me despedí momentáneamente de Carol y me dirigí hacia el piso superior, concretamente al departamento de informática. No hizo falta que llamara a la puerta; los informáticos son personas muy previso­ras.

―Hoy has recibido un mensaje de un destinatario desconocido, ¿verdad? ―Alex no despegó sus ojos de la pantalla de su ordenador.

―Sí, lo he visto esta mañana, al llegar. ¿Por qué lo preguntas?

―Cuando he encendido el ordenador ha saltado un aviso de alarma en el sistema central que provenía desde el correo de vuestra sección.

―¿Una alarma? ¿Debido a qué? ―pregunté con preocupación.

―No lo sé. En principio pensé que era un virus, pero ningún antivi­rus me lo ha detectado como tal…

―De todas formas lo he borrado, no te preocupes ―afirmé como si yo fuera el informático.

―Pero… ¿lo has llegado a abrir? ―preguntó Alex llevando sus ojos hasta los míos.

―Claro, es parte de mi trabajo… ¿Qué esperabas?

Tras un palpable silencio en el que sólo se escucharon varios clicks de ratón, el informático se giró sobre sí mismo y, con una expresión que yo jamás le había visto hasta entonces, dijo:

―Creo que puede ser un intento de hacking.

No pude evitar soltar una par de sonoras carjacadas.

―¿Hacking? ¿En el correo de nuestra sección? No me hagas reír que aún me duele el labio… ―Alex me había propinado un golpe involunta­rio durante el partido de squash del día anterior.

―Te lo digo en serio, tío. Aquí pasa algo muy raro… Según la bandeja de entrada interna el mensaje se ha recibido hoy ―el informático comenzó a pasar pantallas de forma vertiginosa―, pero según el controlador central externo viene como si hubiera sido recibido el viernes pasado… Eso no lo hacen los correos normales…

―Bueno… ¿Y qué es lo que propones?

―Me gustaría que me dieras permiso para hacer unas capturas de pantalla y poder mandárselas a un amigo. Quiero asegurarme de que aquí no pasa nada raro. Es posible que otros diarios estén intentando espiarnos o quieran sacar datos de algún reportaje…

―Haz lo que quieras ―respondí tranquilamente sin darle mucha importancia a lo que para mí no era más que una teoría un tanto paranoica―. Vamos, aún te sigo debiendo el almuerzo…

 

 

A principios de aquella misma tarde de lunes, ya de vuelta a mi puesto de trabajo en la redacción, recibí otra llamada de Alex; esta vez desde su móvil.

―¿Mañana también quieres almorzar gratis? ―bromeé.

―¿Cómo? ―respondió el informático sin captar el sentido de la broma―. ¡Ah! No, no. Te llamaba para decirte que estoy cerca del Club y que me voy a quedar allí, así que habrá que posponer la revancha que te prometí. Por cierto… el amigo al que le envié las capturas de pantalla dice que deberíamos ir a verle. ¿Te apetece?

“El Club” era un local subvencionado por el Ayuntamiento de Barce­lona en el que se reunían todo tipo de frikis y en el que se impartían clases sobre programación, electró­nica y demás  materias de las que yo no tenía, como suele decirse, la me­nor idea, ni el menor interés.

―Bueno… ―respondí con cierta indiferencia intentando que Alex se diera por aludido.

―Lo digo por salir de dudas con respecto al correo de esta ma­ñana…

―¿Pero todavía le estás dando vueltas a eso? ―pregunté atónito ante lo que sospeché que podía ser otra de las repentinas teorías conspirativas de Alex, a quien su famosa afición por las mimas ya le había supuesto protagonizar algún que otro chiste de los que circulaban durante los tiempos libres de la redacción.

―Es que… el amigo del que te hablo dice que es el correo más raro que ha visto en su vida… que ahí hay algo que no cuadra… Y te aseguro que no hay muchas personas que sepan más sobre correos electrónicos que “el Ruso”… ―en la entonación de la voz de Alex podía atisbarse una emoción tan ilusionada, tan llena de una extraña esperanza absolutamente incomprensible para mí, que llegué a la conclusión de que negarme a aquello era como prohibirle a un espeleólogo entrar en una cueva inexplorada o a un niño descubrir un juguete nuevo.

―En fin… Dile al “Ruso” ese que allí sobre las 20:00… -dicté secamente-. Pero mañana invitas tú a almorzar.

―¡Trato hecho! -exclamó Alex en su despedida, colgando al instante.

De repente me invadió una curiosidad inesperada. Tampoco es que tuviera nada mejor que hacer: había respondido todos los correos, realizado y atendido las llamadas telefónicas pertinentes, marcado los segmen­tos de uno de los proyectos de reportaje para la semana siguiente y también seleccionado las noticias que las agencias iban enviando. La tarde se adivinaba más bien tranquila.

Encendí el ordenador, recuperé el misterioso correo de la papelera de reciclaje, descargué el archivo y comencé a leer el relato que decía contener:

 

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

1 Comments

  1. Un bomboncito de relato. Buen gancho para pescar lectores. Espero que realmente me atrape!
    Cordiales saludos.

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