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Plancton. Capítulo II

PLANCTON I

      Lo primero que llamó mi atención al abrir los ojos fue la ausencia de toda luz. Aquella absoluta oscuridad fue totalmente inesperada. Tan inesperada que fui incapaz de recordar la última vez en que tras despertar no hubiera percibido algún tipo de iluminación, pues desde que Venus había decidido dejarme el mes anterior nadie había vuelto a bajar las persianas y la luz, ya fuera la natural del Sol o la artificial de las farolas, había sido hasta entonces una constante en nuestro dormitorio. Era tal la contundencia de aquella oscuridad imprevista que si me hubieran dicho en aquel momento que  acababa de quedarme completamente ciego, lo habría creído.

Lo segundo que llamó mi atención fue la ausencia de cualquier sonido. Pensé que probablemente acababa de despertar a medianoche, cosa que venía siendo bastante habitual desde que  Venus se había ido. No obstante, me pareció muy extraño no escuchar cosas tan habituales como los ronquidos del vecino del piso contiguo, el transitar de algún coche por la avenida o lo que más me sorprendía: el tic―tac del reloj de pared que a Venus tanto relajaba y a mí tanto me sacaba de quicio. Por mucho que forcé mis oídos no pude escuchar nada, únicamente mis propios movimientos, lo cual no era mucho, pero al menos me demostraban que no me había quedado sordo.

Lo tercero que llamó mi atención fue la ausencia de todo recuerdo. El último que tenía sobre mi vida trataba de la última discusión que había tenido con Venus, una de esas en las que inexplicablemente un grano de arena acaba por convertirse en un feroz alud que lo arrastra todo. Sin em­bargo, sí era consciente que desde aquello debía haber transcurrido alrededor de un mes pues, aunque entonces me diera cierta vergüenza orgullosa reconocerlo, había tachado todos y cada uno de los días siguientes del calendario esperando su regreso. Con cierta curiosidad, y contrariamente a lo que venía siendo habitual, comprobé que mi cabeza se mantenía fresca y libre de cualquier tipo de resaca, pero eso no evitó que ante la evanescencia de mis últi­mos recuerdos comenzara a sentirme atrapado en una especie de telaraña mental, pegajosa e inconsistente que yo mismo había tejido y en la que yo mismo parecía estar devorándome.

Tal y como había hecho alguna vez anterior en la que sí había bebido más de la cuenta, intenté salir de aquella desorientación tanteando la pared con mis dedos en busca del interruptor de la luz. Pero entonces, por cuarta vez, y de forma incluso más insólita que las veces anteriores, volví a sentir el temor que produce el vacío cuando algo que uno espera sencillamente no está. Me incorporé lo más rápido que pude y extendí uno de mis brazos hacia donde debía estar la pared, pero inexplicablemente mis dedos siguie­ron sin contactar con algo que no fuera la nada, si es que alguna vez la nada ha sido algo. Permanecí un par de segundos aturdido sobre la cama, o lo que fuera aquello, pues no tardé mucho en percatarme de la falta de sábanas, elemento básico que todo concepto que tuviera que ver con cama ―o al menos con la mía― requería; en realidad, tampoco las había echado en falta hasta entonces, ya que una relajada temperatura mantenía el ambiente cómodo, uno en el que ni frío ni calor sobresalían. De alguna forma, esa sensación también me confundió, pues desde que Venus se había marchado aquella habitación se había convertido en un iglú y yo en un esquimal heterodoxo que no había llegado a acostumbrarse al frío helado que supone la soledad. Decidí que usar mis manos a modo de vista sería buena idea y con ellas descubrí que en vez de mi pijama con botones ―que es lo que uno espera llevar puesto cuando acaba de despertarse en mitad de la noche―, mi atuendo constaba de una camiseta, un pantalón deportivo y un par de zapatillas que generalmente vestía para pasear o correr por una carretera que llevaba hasta la playa. Sin recordar exactamente por qué diantres iba vestido así, me puse en pie con cierto miedo previsor ante la posibilidad de que hubiera algo sobre mi cabeza con lo que golpearme; no fue el caso y acabé dando unos primeros pasos. Alargué los brazos hacia el frente y comencé a moverlos ciegamente en el aire como mecanismo de prevención. Después seguí caminando con mucho cuidado intentando evitar cualquier contacto indeseado más allá de donde el radar en que se habían convertido mis dedos pudiera alcanzar. Seguí avanzando muy lentamente sin encontrar el menor estorbo y llegado a un punto, y por primera vez desde que había despertado, comencé a preocuparme cuando deduje que había dado más pasos de los que mi habitación medía desde cualquier pared. No había duda de que me encontraba en otro lado… La cuestión, aparte del surrealismo inesperado y hasta cierto punto cómico si no fuera porque no había indicios de que aquello fuera una broma, era saber dónde diablos me encontraba. Decidí que si bien no sabía qué estaba ocurriendo, quizás hubiera alguien por allí que lo supiera. Ya se sabe: ni el nerviosismo, ni mucho menos el miedo, son buenos ingredientes para el pensamiento. En algún momento se me ocurrió la extravagante idea de que tal vez pregun­tando al vacío pudiera obtener respuesta. Y así hice, pero el vacío seguía siendo vacío, el aire, aire, y la nada seguía sin saber hablar. La única presencia allí, aparte de la mía, era la del silencio más absoluto y gélido que había sentido en toda mi vida, una insonoridad tan fría y evidente que pensé en la posibilidad de estar atrapado en algún tipo de dimensión onírica en la que los sueños parecen ser reales. Mi desorientación llegó a tal extremo que perdí cualquier noción del espacio, y aunque por momentos tuve la necesidad de volver hacia el punto de partida para hacerme una idea de mi posición, me deshice de mis miedos y seguí adelante. Después de todo, la oscuridad seguiría siendo igual de oscura en todos lados. Entonces caí en la cuenta de que tal vez mediante el tacto  pudiera obtener más información acerca de aquel lugar. Me agaché y deslicé mis manos por el suelo. Como era de suponer, las juntas de las baldosas de mi habitación habían desaparecido y en su lugar se extendía una superficie totalmente lisa que desprendía un calor poco usual para un suelo. Seguí avanzando a gatas a través de la oscuridad manoseando la superficie en busca de alguna pista sobre mi paradero, aunque al no encontrar nada en un par de metros volví a ponerme en pie. No sé si fue fruto de mi impaciencia o sencillamente mala suerte, pero finalmente olvidé usar mis brazos como parachoques y topé con algo con lo que acabé golpeándome en la cabeza. Maldije todo lo que se me ocurrió hasta que paulatinamente el dolor fue dejando paso a la curiosidad y dirigí mis ma­nos a buscar una respuesta. Entonces, de repente, las yemas de mis dedos descubrieron algo de una extensión considerable. Deduje que se trataba de una pared que por su lisura debía estar hecha de algún tipo de metal parecido al del suelo, pues irradiaba un calor de una intensidad semejante. Al parecer, acababa de llegar al límite de donde me encontraba. He de confesar que de alguna forma me sentí extrañamente aliviado, pues en algún momento había tenido la mareante sensación de que por mucho que caminara por aquel espacio oscuro y desconocido en el que había despertado, nunca acabaría llegando a ningún final. Seguí palpando aquel muro recién descubierto y de pronto, justo cuando había abandonado la idea de encontrar cualquier otra pista, rocé con un pequeño saliente que resultó ser un botón, el cual acabé pulsando accidentalmente. Casi de forma instantánea, una ventana circular de alrededor de un metro de diámetro ―semejante a lo que los marinos llaman ojo de buey, pero más grande― comenzó a deslizarse lentamente hacia un lado y a través de ésta pasaron los rayos de una tenue luz que revelaron una sala más bien amplia y totalmente vacía; o al menos eso parecía hasta donde la luz comenzaba a perder fuerza y la oscuridad volvía a ocultarlo todo. Acerqué mi cabeza hacia la apertura, la cual había dejado de desplazarse, y asomé una mirada ansiosa por el cristal esperando descubrir la solución a todo aquel misterioso asunto. Creo que por muchas palabras que utilizara, por muy bien que estas detallaran la serie de sensaciones que mi cerebro tejió en aquel momento, o por mucho que intentara trasladar a otra persona la impresión que me llevé cuando asomé mis asustadizos ojos por aquel cristal circu­lar, no hay idioma posible, ni lengua conocida, ni sistema comunicativo inventado que pueda describir real y fielmente todo lo que sentí al ver qué había tras aquella pared de metal. Nunca antes en toda mi vida, ni siquiera ante las preguntas más complicadas que alguno de mis alumnos me había formulado alguna vez en mis clases de literatura, había tenido que recurrir al término inefable, pero es que, créame si alguien está leyendo esto, que no existen las palabras suficientes para poder describir lo que quiero contar.

Al principio me pareció que se trataba sin más de otra sala oscura en la que al fondo había una cantidad considerable de pequeñas bombillas de luces parpadeantes y tan frágiles que, aunque fueran muchísimas, no parecía tratarse de la fuente de luz que llegaba hasta mí. En efecto, no tardé en comprobar que desde la derecha llegaba una luz mucho más intensa que de vez en cuando se convertía en una centella de una luminosidad radiante y que concluí, en un primer momento, proveniente de algún tipo de foco más grande que el de esas pequeñas bombillas chispeantes que colgaban por todos lados y que no conseguían deshacer la oscuridad de la sala que acababa de descubrir. Hacia más o menos la mitad de ésta ―que por perspectiva supuse que sería a la altura del suelo―, había una especie de canica azul brillante que fue hinchándose lentamente hasta adquirir un tamaño semejante a lo que a mí me recordó una naranja ―de no ser porque era azul―.  La pequeña bola fue haciéndose gradualmente más grande y gracias a ello no tardé en percatarme de que aquella naranja azul no era tan azul como al principio me había parecido, sino que en su interior tenía una especie de siluetas amarronadas las cuales, a su vez, parecían ir cambiando de forma. Forcé la vista todo lo que pude con la intención de distinguir mejor aquella extraña bola y reparé que más bien se trataba de un efecto óptico debido a que aquella brillante naranja azul de manchas oscuras se estaba moviendo, aparte de hacia mí, sobre sí misma. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando me di cuenta de que aquella pequeña bola del tamaño de una naranja y que cada vez iba haciéndose más grande, no era una bola, ni una naranja, ni realmente nada que tuviera que ver con ese tamaño, sino… ¡¡¡La Tierra!!! No recuerdo cuantos segundos mantuve los ojos abiertos ante aquella imagen, pero al final acabé frotando mis párpados, más que por la sequedad de mis retinas por un intento por salir de dónde estuviera, cosa que aún no sabía, y todavía menos entendía. Si la Tierra estaba ahí fuera en toda su inmensidad, pero a la vez con el tamaño de un balón de baloncesto, y por tanto yo no estaba dentro de ella, ¿dónde diablos estaba? Y lo que era más inexplicable aún: ¿cómo diablos había llegado hasta allí? Según una primera deducción sólo podía encontrarme dentro de una especie de nave o vehículo similar pues, aunque la primera sensación que había tejido era la de que aquella bola estaba acercándose hacia mí, era yo, y no ella, el que lo estaba haciendo. Todavía con aquellas preguntas rondando por mi cabeza, seguí obser­vando nuestro planeta a través del amplio ojo de buey. Era cuanto menos chocante pensar  que uno había nacido y crecido en esa brillante esfera que mezclaba el azul del mar, el marrón de la tierra y el blanco de las nubes y que sin embargo ahora estuviera fuera de ella en un lugar trillones de veces más gigantesco. Un lugar que, paradójicamente, no tenía nada, pues casi todo el Universo era eso: un gran conjunto de materia oscura en el que lo excepcional, lo realmente raro, era la materia visible o compactada; o dicho de otro modo: un conjunto inmenso de Nada que tenía un poco de Todo. De alguna manera, extraña y relativa, el Universo y su gigantesca exten­sión quedaron  pequeños ante mis ojos y deseé con todas mis fuerzas volver a estar dentro de la Tierra, por mucho que alguna vez hubiera blasfemado contra ella, criticado su funcionamiento o deseado emigrar a otro planeta. Todo el cúmulo de pensamientos que me inspiraba aquella estampa, unidas a la desorientación y a la impresión de verme fuera de sus límites hizo que me sintiera algo así como debe sentirse un pez que ha saltado de su pecera y comienza a asfixiarse.

En ese mismo momento, la brillante luz que provenía de la derecha ―que para entonces supuse que se trataba de la del Sol y no de la de un faro como al principio me había parecido―, fue volviéndose cada vez más frágil y el suelo vibró con tal fuerza que tuve que apoyarme sobre la pared. Aquel balanceo me permitió oír algunos ruidos entre metálicos y cristalinos más allá de donde comenzaba la oscuridad de la estancia, pero mi cerebro no supo darles forma ni causa. Visto lo visto, había quedado claro que podía tratarse de cualquier cosa. Pegué mi nariz todo lo que pude a la ventana circular en un intento por averiguar algo más sobre aquella espontánea vibración, y justo enton­ces, de forma repentina y a una velocidad que jamás hubiera imaginado posible, una inmensa roca cruzó por encima de mi posición en dirección a la Tierra. Segundos después, a medida que el colosal asteroide fue haciéndose cada vez más pequeño, las paredes, y algo más que ellas, dejamos de temblar.

No sé bien por qué, tal vez porque aquello me produjo un estado pare­cido al del shock, pero aquella secuencia hizo que espontáneamente me acordara de Charly Gasán, un amigo del colegio al que los demás apodá­bamos “el viajero de las estrellas”, pues siempre nos hablaba de ellas como si fueran lugares donde hubiera estado, y que años más tarde acabaría trabajando como astrofísico para la ESA (Agencia Espacial Euro­pea). Fue entonces que cientos de imágenes inesperadas cruzaron mi cabeza con la velocidad de aquel asteroide que seguía dirigiéndose hacia la Tierra. Sin saber bien por qué recordé, por ejemplo, algunas noches ve­raniegas de hacía muchos años en las que los dos aprovechábamos que nuestros padres habían salido para escaparnos a contemplar el cielo desde un parque a las afueras de la ciudad. Tumbados sobre la frescura de la hierba, Gas ―que era como yo le llamaba― me explicaba con la tranquilidad de sus gestos cómo las estrellas nacían, se desarrollaban y morían como cualquier otro ser vivo explotando al cabo de millones de años en supernovas, una palabra que descubrí gracias a él y de la que me enamoré al instante. Aquel flash me llevó a pensar, también sin saber bien por qué, en los cientos de miles de científicos que habrían pasado por la Historia, en la dedicación vital de cada uno de ellos por hacer de la Ciencia una vara de la verdad, un espejo transparente de la realidad. También en todas las organizaciones internacionales que el ser humano había creado con intención de resolver sus diferencias, desde las más importantes hasta las más ridículas. Y a medida que aquella roca descomunal ―que para entonces yo veía desde el ojo de buey con el tamaño de una pequeña moneda― iba acercándose más a la Tierra, mayor era mi convicción de que algún misil secreto, construido con el beneplácito de todos los países, saldría disparado desde nuestro planeta en una radiante y perfecta trayectoria que serviría de ejemplo de ingeniería humana para las generaciones posteriores y que impactaría contra aquellas toneladas perdidas de roca convirtiéndolas en un polvo cósmico poco más que anecdótico. En esos fugaces instantes Gasán volvió a aparecer en mi cabeza sentado tranquilamente en alguna sede científica junto a otros cerebros, taza de café en mano, esperando recibir la señal de la NASA para lanzar ese misil de la humanidad justo cuando los cálculos de él, y otros como él, habrían pronosticado. “Es imposible, ¿sabes la cantidad de personas que observan y anali­zan todos los días el cielo? Haría meses que algo así se sabría”, me había respon­dido una vez ante mi curiosidad sobre la posibilidad de que algo como lo que ahora estaba aconteciendo pudiera suceder. Y si algo sabía yo es que cuando Gas decía que algo era imposible, era porque era imposible. Así que, mientras mis pupilas seguían clavadas desde la distancia en aque­lla roca que iba haciéndose cada vez más difícil de distinguir, elaboré una lista mental con las decenas de soluciones diferentes que los científicos de todo el mundo habrían sugerido en un pequeño juego que real­mente no tenía más función que quitarme el nerviosismo de encima.

Cuando salí de aquellas ensoñaciones que el estado de shock me estaba produciendo, fijé mi mirada en la roca. Para entonces tenía el tamaño de un grano de arroz y parecía no estar muy lejos de la exosfera de la Tierra. No sé cuantas veces grité en silencio “ahora” pensando que ese sería el momento justo en el que algo inesperado detendría a aquella amenazante piedra perdida, pero recuerdo que fueron muchas y que en cada una de ellas el número de mis pulsaciones también aumentaba. Hubo un momento crítico en el que comencé a rezar para que no pasara lo que parecía que iba a pasar, pero me di cuenta de que era de por sí contradictorio pedirle algo a alguien dispuesto a que aquello pudiera suceder; y que finalmente sucedió…

Así comienza esta historia, la cual intentaré relatar lo mejor y antes po­sible, pues  no dispongo de mucho tiempo más…

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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