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Plancton. Capítulo III

TIERRA  2

 

         Una voz repentina, cuyo timbre sonó muy lejano al principio, me sacó de la lectura del relato y me devolvió a la redacción. Carol acababa de llegar.

―¿Te puedes creer lo que me ha dicho el mequetrefe del director?

―Sorpréndeme ―respondí, siendo totalmente consciente de que difícilmente sería así.

―Que no le parece un reportaje completo; dice que faltan fotografías y más entrevistas… ¿Pero éste que se ha creído? ¡Si ni siquiera me pagan el transporte!

Carol tenía razón. Era inaceptable que alguien pudiera pedirle más de lo que hacía sin los medios suficientes. Aunque fuera una gran periodista, cosa que yo había comprobado cientos de veces, sin medios era imposible que desarrollara su labor.

―Tú ni caso…

―He visto a Àlex en el centro ―mencionó Carol―. Dijo que te pasa­ras antes de lo que habíais quedado, porque un tal Serguéi estaría allí sobre las seis.

Miré el enorme reloj de pared. Entre que recogía, salía de allí, cogía el metro y llegaba hasta el club ya me daban las seis, o más.

―Entonces me marcho, Carol. Si alguien pregunta por mí que me llame al móvil.

―De acuerdo. Abrígate que hace mucho frío.

 

***

Cuando llegué al club, Àlex fumaba un cigarrillo en la puerta con alguien que por su apariencia de jugador de ajedrez de los noventa deduje que podría ser el tal Serguéi. El informático hizo las presentaciones y sin más nos adentramos en los pasillos del local hasta entrar en una sala en la que había varios ordenadores. Nos sentamos alrededor de uno que ya parecía haber sido preparado para el análisis del e-mail.

―Explícale, Ruso ―sugirió Àlex a Serguéi mediante lo que supuse debía ser un apodo que no me pareció del todo original.

―¿Sabes qué significa Arpanet? ―preguntó Serguéi y mi expre­sión facial debió ser un poema, pues me miró como un maestro que mira a un niño que no sabe las tablas de multiplicar―. Fue una red de ordenadores ―prosiguió con su marcado acento en las eses― que creó el Departamento de Defensa de los Estados Unidos para que los diferentes organismos pudieran comunicarse entre sí. Fue el primer antecesor de lo que después sería Internet. Eso sí que sabes qué es, ¿no?

Miré a Àlex con ojos gruñones. No me gustaba que me trataran co­mo a un tonto. Él me devolvió una mirada sonriente con la que entendí que me pedía paciencia.

El Ruso siguió con su explicación:

―Eso fue en 1969. En 1971, Ray Tomlinson envió lo que podría con­siderarse el primer e―mail. Más tarde, en 1982, se diseñó el primer sistema de correos electrónicos para Arpanet, que están definidos en los Request for comments 821 y 822, en los cuales se define el protocolo SMTP y el formato del mensaje que ese protocolo debía trasladar.

―¿SM…? ―pregunté sin acordarme de las siguientes letras.

El Ruso despegó sus ojos de la pantalla y me dedicó una especie de mi­rada compasiva. ¿Por qué la gente siempre cree que tienes que saber lo que ellos saben?

Simple Mail Transfer Protocol… es un estándar oficial de Internet. Tam­bién están el POP y el IMA. Prácticamente todos los correos electróni­cos que son enviados en el todo el mundo usan esos protocolos.

Asentí como si entendiera algo, pero no tenía la menor idea de qué tenía que ver aquello con el correo en cuestión.

Àlex intentó sacarme de aquel pozo de ignorancia absoluta en el que hacía rato que yo nadaba:

―Hemos analizado el protocolo utilizado por el remitente del e―mail y… ―el informático hizo una pausa y sus ojos se abrieron como platos―… ¡No han usado ninguno de esos!

―Pero lo habrán tenido que enviar desde algún lugar, ¿no? ―consulté desde mi absoluta desconocimiento del tema.

Serguéi comenzó a presionar compulsivamente las teclas del ordena­dor.

―Sí, por eso he intentado localizar si había algún host… ―el Ruso me miró tanteando si sabía a lo que me refería, pero la expresión atolondrada de mi cara debió de darle una respuesta―…un equipo anfitrión… al que se conectan otros, ¿sabes a qué me refiero?

―Sí, creo que sí…

―Pues esto es lo que salió ―el Ruso señaló la pantalla. En ella podía leerse “unknown”.

―¿Desconocido? ―pregunté intentando dar muestras de que al me­nos algo de inglés sí que sabía.

―¿Sabes cuántos “unknows” había visto Serguéi antes de este? ―preguntó Àlex haciendo girar su silla.

―¿Dos? ¿Tres?

―Cero.

―Algo me estaba imaginando… ―afirmé―. ¿Y eso qué significa?

―Quien haya mandado ese mensaje ha usado una tecnología descono­cida ―afirmó el informático sin mover las pestañas siquiera.

―¿Tecnología desconocida? ¿De qué tipo?

―De momento eso es imposible de saber ―reconoció el Ruso con su inconfundible acento en la ese―. Pero tengo un amigo en Rusia que tiene acceso a un par de satélites… Tal vez podrían decirle desde qué coor­denadas concretas se mandó.

―¿Eso se puede hacer? ―pregunté cuestionando el cariz que estaba tomando el asunto.

Àlex y Serguéi me miraron con los ojos que pone un niño cuando ha hecho una travesura.

―En fin… No sé para qué pregunto… ¿Y cuándo podría tener ese amigo tuyo los resultados?

―En no más de cinco días ―respondió el Ruso como un resorte―. Tal vez menos.

―Bien, pues ya me iréis contando ―dije mientras me ponía el abrigo. Cuando estaba a punto de salir por la puerta, Àlex me hizo una pre­gunta:

―¿Qué ponía en el mensaje?

Ahora me tocaba sonreír a mí.

―Si me ganas en el próximo partido de squash te lo digo.

El informático no se dio por vencido:

―Hecho.

 

***

 

Entrada ya la noche, cuando llegué a casa y abrí la puerta, sucedieron varias cosas extrañas. Pipo, un bulldog francés que había adoptado hacía cinco años, me recibió muy nervioso. Su típica mirada lastimera de cordero degollado había pasado a la de una inquieta  lechuza nocturna y comenzó a ladrar en un evidente estado de excitación. Dejé la compra sobre la encimera de la cocina e intenté tranquilizarle tirándole uno de sus juguetes favoritos, pero para mi sorpresa no le hizo el menor caso. En cinco años era la primera vez que no salía tras aquel juguete. Supuse que quizás la intensa humedad de aquellos días en aquel viejo apartamento alquilado le hubiera dejado aturdido.

Preparé la cena, hice lo propio con la de Pipo y fui hacia el salón. Cuando encendí el ordenador me di cuenta de que el ratón no estaba sobre la alfombrilla que Carol me había regalado la semana anterior. Hasta entonces no había usado nunca una, pero insistió tanto en que el ratón debía ser usado sobre una superficie limpia y lisa ―y que de lo contrario no tardaría en averiarse― que acabé aceptando su ofrecimiento. Desde entonces había colocado siempre la herramienta entre unas originales líneas paralelas que simulaban una plaza de aparcamiento y sobre las cua­les venía impresa la palabra “GARAGE”. La verdad es que era bastante infantil ―tanto que incluso a Àlex le parecía freak―, pero me había acostum­brado a dejar el ratón “aparcado” sobre aquella silueta dibujada en la alfombrilla y se me hizo muy extraño encontrármelo ya no fuera de las líneas, sino del tapete… Me imaginé que Pipo habría estando husme­ando con su característico arrojo explorador perruno, así que no le di más importancia.

Cuando acabé de cenar pude ver desde la ventana del dormitorio cómo el termómetro digital de la esquina marcaba un grado en un rojo radiante. Varios intentos de copos de nieve cayeron sobre el alfeizar de la ventana pero se derritieron rápidamente. Me embutí en la cama esperando dormirme, pero no lo conseguí. Entonces me acordé del relato y me picó cierta curiosidad por saber qué habría sido de la persona que supuestamente relataba la estrafalaria historia que había comenzado a leer en la redacción del periódico.

Añadí el archivo en mi flamante lector digital y comencé a leer hasta que la calefacción atajara un poco la humedad que se respiraba en la habitación.

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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