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El circo de los sinvergüenzas

   Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.

Georg Christoph Lichtenberg.

Sinverguenzas

 

A veces uno lee determinadas noticias de esa función de payasos que es la política y no puede dejar de preguntarse cómo es posible que haciéndose públicas según qué informaciones algunas personas no muestren un ápice de la menor de las vergüenzas. Es como si esas personas se hubieran hecho insensibles al rubor, al bochorno que debería producir el hecho de que los demás sepan que te has comportado como un niño travieso, al enardecimiento que debería suponer que todo un país se entere de que has hecho cosas que sólo se le pueden ocurrir a un sinvergüenza.  Y entonces ves a esas personas, una y otra vez, aparecer en televisión intentando disimular mediante frases y ademanes estudiados, como si algún guionista invisible les fueran indicando el siguiente gesto. Tal es la capacidad de algunas de estas personas para manejar sus facciones que uno se pregunta para qué diantres existirán las escuelas de teatro si cualquier futuro actor sólo tendría que observarles detenidamente para acabar ganando una estatuilla dorada. Uno espera un gesto, una mueca, un temblequeo en las manos que muestre una pizca de arrepentimiento, pero eso nunca llega a suceder. Es como si alguien les hubiera quitado la capacidad de sentir vergüenza, como si les hubieran extraído esa parte del cerebro que hace que alguien pueda sentirse ridículo. A menudo le decimos a los niños que no sean vergonzosos, como si paradójicamente tuviera uno que sentirse avergonzado de sentir vergüenza. Creo que no podemos estar más equivocados.

La vergüenza -la que surge de nuestras acciones, no la timidez- es una emoción muy humana que sirve para ser jueces de nuestros actos, para formar un criterio de comportamiento en relación a los otros y surge cuando nuestro veredicto no ha sido bueno. Ese juicio interno nos ayuda a comprender qué pueda estar bien y qué pueda estar mal sin necesidad de que tenga que haber alguien que nos los recuerde en todo momento. Los que sí tenemos vergüenza medimos nuestros actos en comparación con el resto porque entre todos vamos separando lo que puede estar bien de lo que puede estar mal. Y esto es importante porque de ahí, de alguna forma, surgen las leyes, las cuales deberían estar hechas por personas con vergüenza, y no por sinvergüenzas. Sin embargo,  los que no tienen -o no sienten- vergüenza no hacen ese tipo de juicio porque a ellos poco les importa el resto. El desvergonzado es un individuo egoísta que piensa que está por encima de los demás y para el que la vergüenza ajena es poco importante. Algunos de estos sinvergüenzas se autodenominan atrevidos, otros emprendedores y, los más graciosos, echaos pa’lante. Pero si todos perdiéramos esa humana sensación de la vergüenza acabaríamos en un mundo de sinvergüenzas incapaces de diferenciar el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto, y eso no depararía nada bueno. Porque el problema del sinvergüenza es que no hay nada que le frene, ya que no siente el menor remordimiento; todo lo que haga la parecerá bien mientras le beneficie. Pero si todos hiciéramos únicamente lo que nos beneficiara directamente acabaríamos saltándonos una cosa muy importante que se llama principios, los cuales por supuesto el sinvergüenza no conoce. Y es que al sinvergüenza no le interesan los principio, sólo los finales. No siente remordimiento por los medios porque su único objetivo son los fines. Y esto es curioso porque incluso Maquiavelo, mi perro, agacha las orejas y mira al suelo cuando le explico que no está bien morder a otros perros. Quizás sea porque es capaz de sentir más vergüenza que algunos de estos sinvergüenzas.

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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