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El cuento de la economía española (e italiana, griega y portuguesa).

Comencemos por lo básico: hasta hace más bien poco,  a muchos de nosotros, ciudadanos medios, nos la ha traído al pairo todo lo que significara  “Economía”, así como lo que fuera eso que significaran las “leyes”. Y nos importaba un somero pimiento porque el país iba bien y nosotros nos lo creíamos a pies puntillas porque nos daba para lo necesario y mucho más. En aquella época aprendimos a mirar por encima del hombro al resto de la Humanidad, porque nosotros éramos ciudadanos de bien que habían sido elegidos por algún tipo de entidad divina que al parecer se relacionaba constantemente con el dinero. Pero a nosotros, que nos encanta sentirnos miembros del grupo más fuerte para sentirnos protegidos y no pasar a ese lado oscuro que es el de los desgraciados, nos importaba bien poco que la “Economía” y las “leyes” se estuvieran tejiendo con un hilo corrupto cada vez más débil; con un sistema nepotista, dedocrático, enchufista y para amiguetes, que es la única Economía que conocen algunos.

Nos importaba bien poco que hubiera quienes se jactaran de patriotismo y exhibieran banderas  por doquier mientras al tiempo fugaban maletines llenos de dinero hacia otras latitudes y los desgraciados tenían que seguir aportando al erario público –que es con el que se pagan hospitales, escuelas, farolas, carreteras o cualquier cosa que usted necesite mañana, aunque mientras lee estas líneas le parezca que no-. Durante esa época nos daba igual el que algo fuera injusto o no, mientras siguiéramos pudiendo beneficiarnos del agua del espejismo –que es mucho mejor que la del desierto- con la facilidad de un gesto sumiso de cabeza. Nos daba exactamente igual que poco a poco esa agua estuviera contaminándose peligrosamente debido al medio pantanoso y movedizo en el que estábamos edificando la construcción. Nos daba igual porque el futuro nos la soplaba, ya que lo nuestro era el Carpe Diem mal entendido.

También nos daba igual porque algunos señores muy inteligentes que se hacen llamar economistas y que cobraban una muy buena nómina por decir cosas que parecían sonar muy bien nos aseguraban en sus libros que el liberalismo es la fuente de la eterna juventud.  Otros señores muy inteligentes que se hacen llamar juristas, y que normalmente también suelen proclamarse “liberales” –además de cobrar muy bien, al menos en aquella época-, nos aseguraban que no habría ningún problema con el sistema porque las leyes se estaban hilvanando desde la legalidad. Pero he ahí que sucede que lo de “legalidad” tiene mucho que ver con el pensar general de la masa, que no es más que la inteligencia del más tonto del conjunto multiplicada por el número total y dividido por el interés particular; y se da el ya comprobado hecho de que cuando el pensar particular es quien teje la legalidad, la cosa acaba por hacerse un ovillo. Pero nosotros seguíamos pudiendo pagar lo necesario y mucho más, así que poco nos importaba. ¿Para qué fijarnos en esa palabra con la que los pedantes, los pretenciosos y los engreídos nos avisaban cada dos por tres y que no era otra que previsión? ¿Para qué detenernos en pensar que no todo es para siempre y que hay que saber prever? ¿Por qué íbamos a tener nosotros, los elegidos  de esa entidad divina del dinero, tener que escuchar a esos pedantes cuentistas de la hormiga y la cigarra si todo funcionaba tal y como los señores inteligentes que escribían libros sobre economía y leyes aseguraban?

El caso es que, aunque usted no lo sepa -o no lo quiera saber-, esos señores -y señoras– sí que previeron lo anterior mientras usted seguía pensando que todo duraría para siempre. Esos señores -y señoras- que le contaron a usted exactamente lo que usted quiso escuchar sabían a la perfección cómo sucedería todo. Ellos sí previeron y fueron llevándose sus dineros a otras latitudes a la vez que aumentaban sus sueldos –muchos a base de aportaciones públicas- mientras usted creía ser un nuevo rico por las cuatro migajas sobrantes que ellos se repartían en una especie de Monopoly global en el que cada vez juegan menos.

Lo cierto es que eso pudo haber sido de otra forma. Podría haberse aprovechado toda aquella sinergia para regenerar hoy nuevos principios. Pero algunos “liberales” -pongo comillas ya que realmente muchos de los que se llaman liberales no tienen ni puta idea de lo que significa el término- nos convirtieron en liberticidas y acabamos por empotrarnos contra la realidad.  Y es que, en realidad, el problema de países como Italia, España, Grecia o Portugal no es únicamente económico. Es puramente psicológico. Una especie de complejo de inferioridad vírico que asusta y que nos llevó a actuar de forma que todo nos dio igual hasta que nos afectó. Porque nosotros queríamos ser como ellos. No nos interesaban los problemas del vecino de abajo, al que repudiábamos. Tan sólo teníamos ojos para el de arriba, aunque todo lo que nos dijera estuviera basado en su propio interés y aprovechándose de la inestabilidad que nos hacía sentir nuestro complejo. Aunque todo ello fuera muchas veces injusto, irreal, maquillado y afectara a los derechos de otros. Mientras nos beneficiara de alguna forma, era válido ante nuestra conciencia. Total, los demás también actuaban igual. Todo el mundo sabe que los principios no dan de comer, y al que diga lo contrario hay que hacerle callar, por desgraciado. Esa, y no otra, fue la Economía de aquellos años. Y el resultado lo tenemos hoy. No sé de qué cojones nos quejamos.

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.
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