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Los hipócritas lemmings suicidas de Internet (II): los modelos de negocio.

 

Mensaje del problemático fundador de Megaupload explicando que España era, por tercera semana consecutiva, el país con más número de conexiones a Mega.

Mensaje del “carismático” fundador de Megaupload explicando que España era, por tercera semana consecutiva, el país con más número de conexiones a Mega.

 

Como escribía en el primer artículo, el concepto de lemming puede ser entendido de muy diversas formas, aunque por diferentes motivos la acepción más famosa tiene que ver con una especie de suicidio colectivo que, paradojas de la vida, nunca resultó ser verídico. Escribo paradoja porque para que una falacia colectiva se refuerce en el tiempo es necesario una cantidad de “lemmings” importante, o al menos lo suficiente como para que una falsedad acabe por convertirse en verdad y perdure como tal a lo largo del tiempo. Intentando evitar que alguien acabe llamándome antitecnólogo, neoludita o similares he de reconocer que ese mecanismo colectivo no lo ha inventado Internet, sino que ya existía desde el mismo momento en que el ser humano descubrió que un palo solitario se parte en dos con facilidad, pero no así cuando pruebas con diez juntos. También ha existido en todo tipo de períodos históricos caracterizados por diferentes agrupaciones colectivas tales como las religiones o los partidos políticos por la sencilla -y más que evidente- razón de que la unión hace la fuerza.

Como explicábamos en el primer artículo de la serie, ya los psicólogos clásicos trabajaron profunda y exitosamente sobre las características de la psicología colectiva enfocada a la conducta del individuo cuando éste está rodeado de otros similares dentro de eso que comúnmente denominamos grupo. Y la razón de su éxito no fue otra que percatarse de que, por alguna razón, el individuo se comportaba de forma distinta siendo individuo que perteneciendo a una masa.

El caso es que en Internet hay muchos lemmings como los que cuenta la leyenda, que a su vez coinciden con el perfil que los Le Bon o Freud describieron en sus obras. O para ser más claros: Internet está lleno de tipos que siguen ciegamente a otros aunque ello signifique acabar cayendo por El Barranco de las Falacias. 

Aunque el advenimiento de la tecnología haya generado un cambio en cómo entendemos la realidad, y lo tradicionalmente físico se haya ido convirtiendo en algo paulatinamente más virtual, el criterio esencial en base al cual se producen las conductas poco ha cambiado. Y cuando tienes un conjunto de población cuyo criterio tiene la misma puntería que la famosa escopeta de feria, por mucho que al humano lo vistas de cyborg, humano se queda. Y es aquí dónde se producen los conflictos entre la nueva realidad virtual y la tradicionalmente física.

Uno de estos conflictos, quizás el más trascendental, es que Internet parece tener un serio -y grave- problema con las leyes jurídicas. Y ese no es un problema baladí, sino que requiere de una reflexión importante.

Después de un tiempo analizando esta cuestión, he ido advirtiendo algunas cuestiones sintomáticas en este problema de Internet con los conceptos jurídicos más elementales. Todo parece sobrevenir a partir del absoluto desconocimiento sobre la legalidad, y lo jurídico, de aquellos que se dedican a las nuevas tecnologías. A menudo, muchos de estos nuevos juristas acaban concluyendo un razonamiento  -una especie de dogma más que una argumentación objetiva- por el cual, ante el inminente poderío comunicativo de Internet, las personas en general tienen la obligación de “adaptarse o morir”. Por alguna razón, este tipo de perfil, al igual que hicieran los Francis Galton (primo directo de Darwin, por cierto) y compañía, defienden sin ningún tipo de pudor que, o bien la gente se adapta -todavía no sé bien a qué-, o bien está destinada “a morir/desaparecer” (literal). Parece ser que estos tipos desconocen lo que significó en la Historia esta clase de argumentaciones y los usos que se le dieron a este tipo de idearios que, por otro lado, no tienen absolutamente nada que ver con el de Charles Darwin, más allá de su descripción de los mecanismos de la Naturaleza -que obviamente no es la Cenicienta-. Por alguna razón, chapucera e ignorante, intentan trasladar los mecanismos biológicos naturales a unos meramente artificiales a través de la falsa idea de “todo es adaptarse o morir”, sin tener en cuenta de que muchas veces esa “adaptación evolutiva” no es tal, sino absolutamente artificial (que yo cree una web en la que el resto pueda descargarse unos archivos de terceros de forma gratuita destrozando la amortización  no es “adaptación”, es simplemente una pícara forma de ganar dinero con el esfuerzo de otros).

Porque no, la cuestión de Internet no es “adaptarse o morir” como deducen estos pseudofilósofos de lo tecnológico (la mayoría de los cuales, por cierto, no sobrepasa la treintena). Así es, simplemente, como ha funcionado la Naturaleza evolutivamente hablando durante millones de años -que son los mecanismos que describieron Darwin y Wallace-. Pero ello no supone que en pleno siglo XXI las cosas funcionen de ese modo ni haya que traspasar la mecánica biológica (por otro lado ya modificable, para lo bueno y para lo malo) a la tecnológica. Entonces, ¿de dónde proviene esta argumentación sobre la “adaptación”? ¿Por qué esa insistente referencia, ya dogmática en los círculos de Internet, del “adáptate o muere”? Vayamos por partes.

Cuando uno profundiza en ese lenguaje dogmático de estos nuevos teóricos, que no casualmente aparecen con Internet y sus lenguajes de programación, y analiza de dónde provienen, no tarda en percatarse que entre toda esa cantidad ingente de lemmings que caminan ciegamente hacia El Barranco de las Falacias hay abundante perfil profesional relativo a las nuevas tecnologías. Esto se da, sobre todo, en la Internet hispana y latina, que es donde se concentra la mayor parte de los websites conflictivos en relación a contenidos de terceros, vulneraciones de la propiedad intelectual y directamente estafas (en otros países el índice de este tipo de webs es muchísimo más bajo, cuando no inexistente).

Como ya sugería en este otro artículo,  cuando aparece la Internet española, allá por los 90′, algunos individuos de perfil técnico generaron todo tipo de estafas mediante diversas formas. El iter criminis común fueron los famosos diales (dial-up), a través de los cuáles algunos primeros websites simulaban ofrecer un servicio que finalmente era otro por el cual conectaban la conexión a una tarifa telefónica distinta (por supuesto sin que el usuario fuera consciente de ello). Es decir, los administradores de esos sites no informaban correctamente o intentaban ocultar que iba a haber un altísimo -y desproporcionado- coste adicional. Así, en aquella época, fueron numerosas las incidencias de usuarios de Internet en España que se encontraron con facturas telefónicas de cientos, cuando no miles de pesetas. Como bien explicaba allá por 2007 el catedrático de Derecho Penal, Javier Gustavo Fernández Teruelo:

Lo importante es que en muchas ocasiones no se informa de que van a instalar un programa en el disco duro y/o hacer modificaciones en el sistema (como crear conexiones de acceso telefónico a redes), con lo que confundirán a usuarios con pocos conocimientos en la materia. Lo más habitual es que el usuario ni siquiera tenga noticia de la instalación que se realiza en su ordenador, para lo cual se llega a deshabilitar el sonido del modem, al objeto de que las futuras conexiones a los números de tarificación adicional pasen desapercibidas. Desde un punto de vista jurídico, estos programas sólo pueden considerarse lícitos cuando adviertan de un modo claro y nítido, algo muy poco frecuente en la práctica, de los cambios que van a hacer en el sistema y los costes en que incurre el usuario al utilizarlos.

Años más tarde, con la sustitución de los modems por el cable, este tipo de prácticas fue desapareciendo progresivamente no debido a la efectividad de la Justicia española -obviamente-, sino sencillamente a que el cable evitaba este tipo de tarificación adicional lo cual, por tanto, fue mermando los ingresos de esos individuos que, ojo al dato, se catalogaban a sí mismos como “empresarios de Internet” (parece ser, y esto no es un dato banal, que en el mercado hispano y/o latino existe cierta concepción de que una estafa puede ser también el objeto de una empresa).

Volviendo a la historia de la Internet española, ya que con el cable  no había forma de cambiar la tarificación a los usuarios, este tipo de prácticas “evolucionó” a otros sistemas:

1) Por un lado, aparecieron distintas webs que incorporaban formularios a través de los cuales el usuario debía añadir su número de teléfono móvil si quería acceder al contenido (seguro que muchos recuerdan las melodías y tonos para móviles). El usuario pensaba que le cobraban un único mensaje, pero era incluido en una lista por la cual debía pagar todos los mensajes premium que recibía, que obviamente no eran pocos. Darse baja de esa lista de sms premium era una auténtica odisea (voy a añadir un rápido enlace de ejemplo, pero podría poner muchos más).

2) Por otro lado, la aparición del formato mp3 significó la posibilidad de que los usuarios pudieran añadir sus melodías y tonos directamente en el terminal sin tener que acudir al SMS, por lo que este tipo de “modelo de negocio” se vio, de alguna forma, “herido de muerte” (siguiendo la ignorante terminología pseudodarwinista que usan los defensores de este tipo de vulneraciones). De repente, todo el “modelo” se había venido abajo porque ya no había demanda de melodías o tonos para móvil y estos “nuevos empresarios” ya no tenían nada que ofrecer.

Según mi punto de vista fue aquí cuando empezó a gestarse el gran conflicto entre Internet y los productores relacionados con la propiedad intelectual.

Con los avances de los CMS, y la progresiva desaparición de la demanda de melodías y tonos para móviles -entre otros servicios-, algunos webmasters comenzaron a idear diferentes “modelos de negocio” (es realmente curioso el concepto que tiene la Internet hispana-latina de este término) mediante el cual “acercar” diversos contenidos a usuarios que los demandaban. El problema, básicamente, era que ellos no tenían ni generaban el contenido demandado, sino que únicamente disponían de la forma de “acercar”. Aquí sucedía otra cosa: hacer un website sobre chorizos de León no generaba tráfico pues no era algo que los usuarios buscaran a través de Google. ¿Qué ofrecer entonces?

Y es curioso porque, cuando comenzaron a brotar los sitios sobre películas y música, las redes P2P funcionaban en aquella época al máximo nivel. Sitios, por cierto, cuya mecánica para sacar dinero recuerdan mucho a los originales del dialer en el sentido de que los webmasters intentan confundir con banners diseñados para que parezcan botones de descarga cuando realmente son de publicidad. Como no podía ser de otra forma, no hay algo que no sea únicamente engaño detrás de esos “modelos de negocio”.

Y es que… si se pone uno a pensar. ¿Por qué, entonces, aparecieron los websites sobre música y películas si ya existían esos canales, más allá de la aparición del streaming?

La respuesta a esta pregunta daría para todo un libro sobre cómo una masa en el siglo XXI es capaz de justificar cualquier cosa con tal de seguir recibiendo un beneficio (películas y música sin tener que pagar, en este caso), obviando cualquier posibilidad de que eso repercuta y genere problemas en el largo plazo, quizás no por lo meramente económico, sino por la pérdida del respeto hacia el trabajo e inversión ajena.

Para llegar a la conclusión general de que estas páginas estaban “compartiendo” en pos del conocimiento y el interés general -absolutamente falsa e hipócrita- hubo que pasar por varios estadios:

1) Una generalidad de personas que no tienen nada que ver con la producción intelectual pero que sí quieren “consumirla”. Obviamente, si dejáramos decidir a la masa, al ser ésta numéricamente superior al agente productor, los websites ilegales seguirían existiendo por la sencilla razón de que las personas que no tienen que ver con las inversiones intelectuales son menos. A esto, básicamente, se le conoce como populismo. Sólo hay que hacer cuentas.

2) El lanzamiento cínico, falso y absolutamente hipócrita de una serie de webmasters españoles, en diversos foros muy populares, en torno a la idea de que todo aquello se estaba haciendo por “compartir cultura”, cuando la realidad era -y sigue siendo- que el 95% de los websites se estaban -se están- lucrando con derechos ajenos a través de la publicidad sin tener el menor consentimiento de sus reales propietarios. Cualquier perfil cuyo trabajo tiene una mínima relación con Internet secundó esta falsa bandera por muy variados motivos (incluso políticos, pues habría que hacer mención a que la aparición del Partido Pirata se produce a raíz de toda esta problemática).

3) La adhesión de diferentes personalidades relacionadas con Internet a lo escrito en 2), algunas de las cuales, por cierto, tienen ingresos directa o indirectamente debidas a las nuevas tecnologías (profesores de escuelas de negocios, docentes universitarios relacionados con la programación, abogados y/o juristas que se dedican esencialmente a estos temas de propiedad intelectual y cuyo discurso tiende al populismo a menudo ciertamente vergonzoso, etc). Por alguna razón, estas personas secundaron, fomentaron y reforzaron la idea de que todo lo relacionado con esos sites era por “compartir cultura” cuando es evidente que esa es una idea muy alejada de la realidad en la práctica (como ha podido comprobarse en la sentencia acerca del caso YouKioske). Un proyecto que quiere compartir cultura dentro de sus posibilidades es, por ejemplo, Wikipedia.

4) La absoluta incapacidad y desconocimiento de supuestos profesionales dedicados al mundo de la producción (algunos de los cuales están inmersos en todo tipo de procesos por todo tipo de cuestiones ilegales, por cierto) para entender cómo pueda mejorar Internet la exposición y venta de sus productos.

5) La absoluta incapacidad y desconocimiento del legislador general para entender que empresas tecnológicas con millones en ingresos no deberían poder trasladar sus sedes oversea u offshore con la única intención de pagar menos impuestos (por todo lo que ello conlleva en cuanto a la competitividad en un territorio). Curiosamente, por cierto, Youkioske tenía su sede en Belize al más estilo gran empresa tecnológica. ¿Deslocalizar sus sedes fiscales con la única finalidad de pagar menos impuestos es parte del “modelo de negocio” de este tipo de empresas?

En realidad, todo es mucho más complejo. Mi estadía en diferentes países me ha servido para entender que es un problema antropológico con respecto a la propiedad. Y es que en España -y sus descendientes-, sucede que podemos encontrar dos animales de distinta especie: por un lado el perfil del desinformado e ignorante naturalmente egoísta que piensa que el mercado es suyo (algo así como “la economía soy yo” y por tanto yo impongo las condiciones). Por otro, el del avispado caradura que piensa que el Derecho es suyo “sólo yo tengo derechos, los otros no”.

Y de ahí, de ese enfrentamiento entre caraduras desinformados y desinformados caraduras -tan típicamente radical en el ámbito hispano-, surge una especie de engendro ideológico el cual, mimetizando la argumentación general de toda esa caterva de lemmings que pululan por Internet, está destinado a una desaparición inevitable.

A veces, sinceramente, dan ganas de cerrar los ojos y dejarse llevar por esa ronroneo infantil de profesor de escuela “seria” de negocios, en cuyo blog podía leerse hace un tiempo: España es un ejemplo.

Yo, por si acaso, ya sólo escribo las cosas serias en inglés.

Me han convencido, no quiero desaparecer.

 

 

 

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About Kevin Carter

Hasta hace poco periodista en un pequeño diario. Actualmente investigando la historia que puedes leer en PLANCTON. No creo en las ideologías, sólo en los criterios. No tengo amigos porque soy demasiado independiente. Debe ser que en la otra vida fui un gato. Pobre, pero honrado.

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